sexta-feira, 3 de agosto de 2018

CAPÍTULO V DE "LA CONDENA DE UN ÁNGEL"



Capítulo V

(La Condena de un Ángel)


Madalena Rouxinol se enamoró de Jesús Trindade. Fue ella la primera mujer en darse cuenta de aquella inexplicable característica de su amado: tenía dos alas cubiertas de plumas blancas, grandes y anchas que lo asemejaban a las de un ave gigante, con la diferencia que éstas le crecían día a día hasta alcanzar un tamaño asombroso. Le habían crecido en menos de seis meses.
De hecho, para Madalena Rouxinol el mancebo era un ángel. Ni más ni menos, y no dudaba de ello. Además de eso, llevaba el pelo rubio coronándole un rostro perfectamente redondo. Sus ojos eran de un azul intenso y poseía una mirada arcana que resaltaba aún más su figura angelical.
Los últimos meses fueron decisivos para que el puro y diáfano amor creciera entre los dos como una semilla que cae en tierra fértil y recibe casi a diario gotas de una lluvia bendecida que hace reverdecer todo lo que las grises temporadas matan, pero allí, en la celda de aquel monasterio, era como si hubiese florecido una eterna primavera.
Al darse cuenta de aquellos apéndices emplumados, Jesús Trindade se asustó porque las magníficas alas no cabían en el hábito de monje que era obligado a cargar a diario. Cuando él se apareció ante los demás frailes, éstos creyeron que Jesús Trindade poseía una joroba debajo de la tela del hábito. Luego, cuando dejaron de ver a Jesús Trindade en los maitines de madrugada y en la capilla del monasterio, fray Manuel de Santa María se alarmó y le tocó la puerta. Jesús lo recibió con una cobija de lana castellana por la espalda y el torso desnudo.
¡Santo Cristo! —exclamó el abad, al ver las alas que en ese momento ya eran portentosas.
De inmediato, Jesús Trindade fue recluido y se le prohibió salir de su celda para que no se propagaran temores malignos entre los demás monjes. Fue el abad Manuel de Santa María quien primero, en su mente, se formularía la pregunta: ¿será un ángel o u un demonio?
A final de cuentas, era un tema espinoso porque Jesús era el ahijado del inquisidor del reino, y eso no era cualquier cosa. Buscó entonces en los libros religiosos descripciones de distintos tipos de ángeles y se dio cuenta de que solamente en el Apocalipsis se hablaban de seres con alas.
Preso y con alas, pero con una extraordinaria sensibilidad de artista que le permitía escribir hermosos poemas, a Jesús Trindade se le consintió, aunque disimuladamente, las visitas secretas de Madalena Rouxinol, quien no era más que una meretriz al servicio de sacerdotes libidinosos, los cuales pagaban por sus favores.
Le llamaban la mensajera, porque vendía la imagen de una jovenzuela encargada de llevar billeticos y carticas a los familiares de los reclusos, como ella también apellidaba a los sacerdotes del monasterio.
—Vístete más recatada —le dijo un día el abad al verla contoneándose con una basquiña morada y un jubón amarilloso. Llevaba un abanico rojo en una mano y en la otra una sombrilla. Lucía la cara hermosamente blanca con bellos rulos negros que le caían por encima de la frente con una graciosidad sin par. Enamoraba a casi todos, pero ella no se enamoraba de nadie, hasta que conoció a ese raro muchacho de cuya espalda brotaban dos magníficas alas.
—Eres hermoso —le comentó ella una noche, tras haber hecho el amor con él por primera vez y a hurtadillas—. Creo que me he acostado con un ángel del cielo.
Jesús no dijo nada hasta que rompió el silencio de la alcoba al confesarle que le había escrito varios poemas de amor. Pero Madalena no pronunció palabra alguna al respeto, sino que trajo a colación el asunto de las alas.
—Me temo que discuten tu caso en Lisboa —continuó—. Ya tu padrino, el inquisidor don Veríssimo, debe saber de tus alas.
—Lo más probable es que me mande a sacar de aquí.
Madalena se sonrió con la ingenuidad de su amante.
—¿Tú crees? —preguntó ella—. No se ha hecho público tu caso, pero ya se rumorea en varios sitios. Hay gente que no da crédito al asunto y otros que lo ignoran… al final, este reino se halla en guerra y estos cuentos mantienen a las personas entretenidas.
Ven —le dijo Jesús Trindade, después de vestir su hábito de monje en el que había abierto dos cortes en la tela para sacar sus alas.
—¿Hacia dónde me llevas? —preguntó Madalena.
No hables, solo sígueme— le respondió con voz suave, pero firme.
Era el atardecer de un resplandeciente julio, y el verano volvía a dorar Lisboa con todo su esplendor luminoso, lo que significa que los días son más largos que las noches.
Jesús Trindade esperó que todos se recluyeran para llevarse a Madalena Rouxinol al patio del claustro.
—El cielo aún está azul, la luna ya se asoma y unas pocas estrellas salpican el firmamento —le susurró Jesús al oído.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Madalena.
—Vas a volar conmigo —respondió simplemente.
Jesús Trindade la condujo hasta el centro del claustro, luego la tomó por la cintura y emprendió el vuelo.
Las alas se abrieron con la majestuosidad de un verdadero ángel que se acaba de escapar del cielo. Era la primera vez y Jesús Trindade estaba nervioso, pero disimuló y aparentó seguridad con la esperanza de que Madalena pensara que otras veces él ya había volado en secreto. Ella se dejó llevar por los brazos delgados, pero fuertes de Jesús, mientras sentía que los cuerpos de ambos se elevaban en el cielo veraniego de aquella Lisboa bruñida de un fin de tarde y principio de noche.
—¿Hacia dónde vamos? — le volvió a preguntar Madalena.
Por ahí —le gritó Jesús Trindade, con la voz ahogada por el zumbido del aire.
Volaron la ciudad y no pasaron inadvertidos ante los ojos de algunos habitantes que, asombrados, miraban hacia el cielo como si un cataclismo se estuviese derramando sobre Lisboa con una furia apocalítica.
Las campanas de las iglesias sonaron con una histeria inusual, pero en el cielo Jesús Trindade y Madalena Rouxinol solo escuchaban el silbido del viento, y sentían los últimos rayos del sol calentándoles las espaldas, la tibieza del contacto físico y el sonido de las alas cuando abrían y cerraban al ritmo de un pájaro gigante.
Así estuvieron por más de una hora hasta que por fin la noche acobijó Lisboa y, en medio de la oscuridad, los dos amantes volvieron al monasterio.

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