quarta-feira, 2 de janeiro de 2019

SERIE: ODAS RARAS "LA VENTANA"


Estimados amigos, hoy empiezo un nuevo ciclo de poesía al cual llamé "Odas raras", son escritos míos "sin sentido, pero con todo el sentido del mundo" que quisiera compartir con ustedes. Responde a una necesidad de desahogarme momentáneamente haciendo uso de "esta vieja manía de confesar lo inconfesable a alguien, como a esta hoja de papel donde plasmo corazón, fuerza y piel".

Espero que no me juzguen mal, ni tampoco crean que soy un hombre taciturno, melancólico y triste. Debo confesar que sí tengo mis ratos de melancolía y tal vez hayan sido estos los que me motivaron a escribir esta oda corta llamada "La Ventana", hoy 2 de enero de 2019.




Un día abrí mi ventana.
En realidad abro mi ventana todos los días,
Pero aquel día vi lo que siempre veía,
Una Montaña, vestida de verde tropical
y bañada de un azul celestial.
Pero dentro de mí
me ahogo en un triste y grisáceo invierno
¿Quieres que te hable de mi invierno o del verano del día?
Porque estas cosas son incomprensibles
para los que suelen estudiarlo todo.
Por eso, no te lo contaré.
La pesadilla de tu ser
atormenta mi alma.
¡Y secreto es secreto!
¡Amor es amor!
Cada cosa en su lugar...
Sí, siento rabia
Esa es la verdad.
La más pura realidad
Y también debo decirte que deseo la muerte...
como el viajante en el desierto desea agua.
Y morir es liberarse, ganar alas y volar,
Y las cumbres de aquella montaña,
de la cual hable hace poco ¿te acuerdas?
Quisiera que esas cumbres fueran el punto
de esta locura de "muerte"
Desde allí mi ser muerto o mi espíritu vería toda la ciudad
Por cierto...¿de qué color es la ciudad?
Para mí es imposible decirlo ahora.
Porque es necesario morir,
ganar alas, volar
y contemplar
esa unión de casas, calles y seres
a la que llamamos "la ciudad".
YO también soy parte de esa "ciudad"
y estoy en mi casa,
y abrí la ventana
y ahora veo la montaña.

RS

sexta-feira, 16 de novembro de 2018

CAPÍTULO 4 DE "EL MAPA DEL REINO DE ORO" DE RAINER SOUSA


Capítulo 4



Mar del África, enero de 1540

 
Lorenzo Bastos

Sin un médico que reuniese las debidas credenciales, la salud del sastre parecía complicarse. El cocinero del Santana, gracias a su experiencia, había preparado menjurjes caseros que, si bien no pasaban de ser brebajes inventados por los hombres de mar, ellos los consideraban pociones mágicas capaces de devolverle el ánimo al alma de un muerto.
Sin embargo, el sastre no mejoraba, ya no comía y ante los ojos de los grumetes parecía haber caído en un trance mudo. Estaba tan mal que, durante el día, los vigorosos rayos del sol no le molestaban y durante la noche la constante humedad de la nao no le incomodaba en lo más mínimo.
Roque estaba al tanto de la posición de Lorenzo y de la influencia que este podría ejercer junto al rey. El capitán Fernão Pinto al principio no creyó que la salud del sastre fuese un problema, pero el interés del contramaestre en el asunto le causó alarma.
—Vete a la cubierta y averigua qué pasa con el sastre —ordenó el capitán Fernão Pinto.
Roque Fernandes bajó las escaleras y se dirigió lentamente hasta donde se hallaba el sastre.
—Buenas noches —saludó Roque, sabiendo de antemano que lo que pudiese decir no sería escuchado por Lorenzo—. Mi capitán Fernão Pinto me ha dado la orden de que os lleve a vuestros aposentos.
El sastre no respondió de inmediato, solo abrió los ojos con parsimonia y luego articuló unas palabras en voz tan baja que era imposible comprenderlas.
—Estos lisboetas de agua dulce no tienen tripas para soportar estos viajes —dijo Roque Fernandes de mala gana, mientras se agachaba y con sus manos fibrosas sostenía la cabeza de Lorenzo Bastos.
El capitán, que observaba al contramaestre desde la ventana del castillo, le ordenó desde allí con voz estentórea.
Roque, fijaos en una cosa, si él no quiere venir, traedle cargado. Pero por la Virgen Santísima, no lo dejéis a la intemperie. El hombre ya lleva tres noches durmiendo en el combés con los marineros, mirando qué sé yo qué. Quizá las estrellas o el fuego de San Telmo —gritó Fernão Pinto con un tono de ironía y sujetando una diminuta vela que le iluminaba la cara. El capitán parecía un fantasma, algunos marineros que estaban dormidos se despertaron al escucharlo y se levantaron de inmediato para asegurarse de que la orden no fuese para ellos. Fernão Pinto imponía respeto con su presencia maciza y su estruendosa voz.
—¡Aquí lo llevó! —vociferó Roque, al montar el cuerpo debilitado de Lorenzo Bastos en su ancha espalda.
Cuando el contramaestre lo llevó al camarote, el propio capitán ayudó a acomodar el sastre sobre unas sábanas sucias.
—¿Qué diablos hará este loco con nosotros? —Preguntó Fernão Pinto— en parte la culpa es mía —prosiguió, haciendo un chasquido con la lengua—. En Lisboa debí haberle escrito una carta al rey, explicándole que este tipo de viaje no es como subir el Tajo. Aquí se sufre casi tanto como cuando uno viaja a Ormuz, a Goa o a Malaca, con la diferencia de que ahora buscamos negros y no especias.
—Es un tipo raro, mi capitán, ¡muy raro! —comentó Roque Fernandes, deteniendo la mirada en la figura inconsciente que se hallaba delante de ellos.
—Fíjate en lo que lleva puesto —dijo el capitán—, zarcillos de mujer adornados con plumas de pajaritos, jubones amarillos aterciopelados, aunque en estos días se puso más cómodo. Cómo no iba a ponerse cómodo, si bajo este sol de África lo que provoca es andar desnudo.
—Pero hay algo más —observó el contramaestre con seriedad en sus palabras y los rasgos de la cara que evidenciaban una notoria preocupación—. Lo he estado vigilando desde que salimos de Lisboa. Él embarcó en el reino so pretexto de que poseía las licencias firmadas por Su Alteza, pero después, en la ciudad de Tánger, algunos marineros descubrieron que estuvo preguntando por el paradero de un moro que conocí hace algunos años.
—Comprendo —dijo el capitán mientras escuchaba atentamente al contramaestre, pero con evidentes ganas de cambiar de tema—. Si este don Lorenzo muere tendremos que lanzar el cadáver al mar, y como es el sastre del rey, Su Alteza podría llegar a pensar que le dejamos morir por falta de atención.
El capitán había conocido a Roque Fernandes hacía unos años, en los peligrosos mares de la India y China, cuando ambos servían bajo la autoridad del famoso don Afonso de Albuquerque, por eso se mostraba dispuesto a escucharlo.
—No, no se va a morir —comentó Roque tras una breve reflexión—. Ese no se muere. Los retortijones de barriga ocurren cada vez que un novato va más allá de los límites que nos separan del norte; unos días más y seguramente estará mejor, pero hay que vigilarlo constantemente, mi capitán.
—Insisto, debí oponerme al embarque de este hombre y no solamente al embarque de él—. Lamentó el capitán, cerrando los puños en señal de rabia. Roque se calló para evitar que su amigo se fuera alterar aún más—. ¿Vuestra merced se fijó en el frailecito que nos tocó abordo?
—¿Fray Luís de Ataíde? —preguntó el contramaestre.
—Sí —contestó Fernão Pinto con expresión de enfado— ¿o vuestra merced cree que yo no me he dado cuenta de cómo me mira cuando hablo a mis hombres de que nuestra misión en estas tierras es solamente buscar negros y llevarlos como esclavos al reino?  —dijo el capitán—. Yo sé que en los sermones que el frailecito ha dado en la iglesia de São. Domingos, allá en Lisboa, ha predicado que los negros también son gente, que poseen alma como uno, que la esclavitud es abominable y otros disparates más. Os podéis imaginar lo incómodo que ha sido ese muchacho —remató Fernão Pinto, apoyando la barbilla en mano izquierda, como si meditase por un largo rato cada palabra que pronunciaba.
—Y ¿cómo puede ser que ese fraile diga tamañas patrañas sin que nadie lo lleve a la Cárcel del Limoeiro?
—Recuerda que fray Luís de Ataíde proviene de una de las familias más rancias del reino. A pesar de todo lo que predica, la gente lo tiene como honrado y digno del hábito que trae puesto. Por eso os digo que, con un sastre real en la nave y un cura fastidioso al lado, tenemos que actuar con mucho cuidado. ¿Entendiste? —advirtió el capitán.
Esa noche Lorenzo Bastos la pasó aterradoramente mal. Creyeron que habría que llamar al fraile para darle la extremaunción y, si se moría, buscarle una mortaja para arrojarlo al mar.
Aunque la nao Santana no tuviese como destino doblar el Cabo de Buena Esperanza, al sur de África, el viaje seguía siendo una empresa arriesgada. Fernão Pinto se conformaba con detenerse en las costas del reino del Congo y proceder a la caza de los negros como solía hacer. Él llamaba piezas a los prietos que atrapaba merodeando por las regiones cercanas al mar para después llevarlos a la fortaleza São Jorge da Mina. Las autoridades reales estaban alertas con el tráfico negrero, a la mesa del rey llegaban informes que relataban los inagotables casos de corrupción en los cuales se hallaban involucrados bastantes oficiales de abolengo, eso sin referir las atrocidades que se cometían en las mazmorras.
Los portugueses mandaron a construir la fortaleza en la neurálgica Costa do Ouro, su finalidad era almacenar las riquezas y los negros que los blancos recogían.
La fama de Fernão Pinto, en cuanto a codicia y crueldad, era sobradamente conocida en la Casa da Índia, en la Aduana de Lisboa y en muchos otros lugares determinantes para la creciente riqueza comercial de la nación. Por eso el rey había permitido que mi padre, fray Luís de Ataíde, embarcase en esa nao que estaba destinada exclusivamente a la trata de negros.
Todos, o casi todos, habían oído de boca del propio Luís de Ataíde los clamores emotivos que cada domingo el fraile levantaba en algunas iglesias de Lisboa donde sus superiores le daban autorización para oficiar. Era un sacerdote Jerónimo y sentía una enérgica emoción al pregonar en contra de lo que él llamaba “un sacrilegio en contra de Dios”. Argumentaba a menudo que las constantes plagas constituían una señal inequívoca de que la Deidad no estaba complacida con el reino. La causa residía naturalmente en el nefando pecado de la esclavitud, practicado desde los remotos orígenes de la humanidad y perpetuado por los portugueses con sus conquistas en otras latitudes del mundo.
Su propia familia, los Ataíde, orgullosamente de noble estirpe, se avergonzaban de las ideas que fray Luís verbalizaba en arengas públicas ante nobles, clérigos, letrados y plebeyos.
—¡No tengo más hijo! —exclamó una vez su padre, dejando escapar un suspiro de tristeza, mientras miraba la superficie azul brillante del río Tajo desde una de las ventanas de su casa, en la Calle de la Oliveira. Sus hermanos se apresuraron, entonces, a contarle lo sucedido a mi papá para que, al menos, supiese que su actitud había ido demasiado lejos, hasta el punto de ocasionar una irremediable ruptura en el seno familiar.
—Díganle al señor mi Padre que yo, Luís de Ataíde, no me doblego ante chantajes familiares. Si os avergüenzo tanto, me quitaré el apellido para que podáis gozar sin inconveniente en los banquetes del rey —les contestó el joven sacerdote esa misma tarde, sin mirarlos a la cara, arrodillado ante el altar del Nazareno y con ambas manos en posición de ferviente plegaria. Poco a poco sus flamantes e incendiarios discursos fueron ganando cada vez una asombrosa elocuencia, y logró que la gente se acercara a escuchar la misa. Si a la gente no le gustaba lo injurioso de sus sermones, por lo menos le prestaba atención y no se dormía en los bancos de la iglesia. Por eso, su viaje a bordo del Santana no era más que un constante recordatorio para el capitán Fernão Pinto, de que autoridades superiores estaban vigilantes de sus acciones.
Sin embargo, la presencia de Lorenzo Bastos en el viaje se debía a otro tipo de razones. Se había ganado la confianza del rey, gracias a una secreta amistad que mantenía con el Caballero de la Capa Negra y a sus dotes con las tijeras, las reglas y las telas. El talento para hacer ropa lo había descubierto muchos años antes con mi bisabuela, Raquel la Castelã.
Lorenzo Bastos, de un pobre y desdichado huérfano, logró con un mágico golpe de suerte transformar su vida...



Lisboa, 1504



Por un plato de comida diario y un vaso de vino, Lorenzo aceptó ser aguadero en una rica casa de mercaderes en la Calle de los Fanqueiros, cercana a la iglesia de Santa María Madalena. Su oficio consistía en llevar las pesadas vasijas hacia el Chafariz d´el Rei, y tras haberlas llenado, subirlas una tras otra hasta la suntuosa residencia. Otras veces era su responsabilidad vaciar pequeñas callejuelas repletas de orines y heces en el lecho del río, un trabajo que realizaban tanto esclavos que ya empezaban a surgir por todas partes, como campesinos llegados del interior del reino. La idea era evitar que los vecinos de Lisboa los arrojasen a las calles, como en algunos sitios de la ciudad aún solían hacer.
En agradecimiento por el servicio prestado, los dueños de la casa permitieron que Lorenzo durmiese en una pequeña choza que quedaba detrás de la edificación, al lado de un pequeño y pestilente corral y un gallinero ruidoso. A pesar de las condiciones ofrecidas, Lorenzo aceptó todo con la calmada resignación propia de un plebeyo acostumbrado a saborear experiencias mucho más difíciles que las ofrecidas por estos mercaderes lisboetas. La comida, aunque a veces fuese de mala calidad, y otras las sobras de una mesa abundante, era de lejos mejor que quedarse en las calles, implorando por migajas ajenas.
La pronta disponibilidad del joven y la eficiencia con la cual realizaba los encargos de sus señores, fueron poco a poco conquistando la confianza de don José Amado. Para entonces, don José era uno de los comerciantes de telas más ricos de Lisboa. Gracias a la novedad de los cortos viajes que los lisboetas podían hacer al norte de África, el viejo había olfateado la oportunidad de extender los tentáculos de sus actividades mercantiles a las famosas plazas portuguesas, enclavadas en territorios mahometanos. Eso exigía que se ausentara de la casa, y dejase las comodidades de su ciudad para embarcarse hacia las asomadas tierras de las que todos comentaban muchas cosas en la muy ilustre Calle Nova dos Mercadores.
Sepan vuestras mercedes que el alejamiento del patriarca de los Amado hizo que su esposa empezase a procurar a Lorenzo Bastos para otro tipo de servicios…
Cuando Lorenzo Bastos poseía algún tiempo libre, después de haber realizado las tareas encomendadas por sus amos, se perdía por el entramado de calles de la parroquia de Santa Justa, la mancebía de Lisboa, donde se hallaban mujeres miserables que por algunas monedas estaban dispuestas a venderse a quien quisiera pagar. Aunque Lorenzo muchas veces había pasado frente a las casas de varias cortesanas, jamás tuvo suficiente coraje para entrar en alguna. Del otro lado, desde las ventanas de cortinitas rojas, mozuelas sonrientes le lanzaban besos con la mano, exhibiendo sus trajes de vivos colores y sus escandalosos escotes. Sin embargo, los acosos de doña Lucrecia Gomes, esposa de don José Amado, se fueron haciendo más y más explícitos. Lorenzo Bastos insistía en considerar el comportamiento de la mujer como arrebatos súbitos de ternura materna. Le parecía imposible que aquella señora de aspecto grave, austero y de modales tan conservadores pudiese tener otras intenciones que no fuesen de brindarle algún cariño.
Además de eso, Lorenzo Bastos admiraba la religiosidad que doña Lucrecia manifestaba en público. Ella tenía por hábito salir, bien temprano, hacia la iglesia de Santa María Madalena, vestida de negro, con un lienzo oscuro y una esclava mora de semblante tímido y boca callada, que trataba como a una virgencita tallada en madera. Fue así como, valiéndose de la admiración del muchacho, la matrona urdió en seguida las artimañas que usaría para acercarlo más a ella, pidiéndole a Lorenzo que, en vez de la esclavita de rasgos árabes, fuera él su acompañante. De esa manera, mientras ella estaba sentada en la primera hilera de bancos, él permanecía en la entrada de la iglesia, esperándola para acompañarla de regreso a casa y protegiéndola con el parasol genovés que recién había adquirido, de comerciantes italianos, en el renombrado Terreiro do Paço.
La invitación de Lucrecia Gomes parecía una comprobación de que sus intenciones eran las más sinceras, puras y dignas. Luego de haber escuchado la aceptación de los labios de Lorenzo, Lucrecia mandó a traerle ropas nuevas. Como resultado, el muchacho empezó a verse más presentable. Ahora, usaba elegantes gorros, capas aterciopeladas y botas de cuero.
La verdad es que, desde el primer momento, Lucrecia Gomes se había sentido atraída por aquel cuerpo joven y fuerte. De hecho, hacía años que la convivencia con su esposo era llevada como una cruz; pero Lucrecia Gomes había aprendido a cargar con ese fardo, gracias a sus inconfesables esperanzas de que don José Amado pudiese morir primero que ella. Pero ya que la muerte insistía en tardar y los años iban pasando, Lucrecia se ponía más y más angustiada con la idea de ver su cuerpo enflaquecido y marchitado como una flor de verano ante la cercanía del triste invierno. Decidió, entonces, que aquellos rezos y la aparente religiosidad servirían para encubrir sus deseos más íntimos. Pues sepan vuestras mercedes que doña Lucrecia traicionó a su esposo con incontables hombres, muchos de los cuales eran provenientes del círculo amistoso del propio don José. Ella los seleccionaba meticulosamente desde el anonimato, ellos podrían provenir de la clase plebeya, del clero más recalcitrante o de la nobleza más audaz y bohemia.
Los secretos de tan insospechable mujer no eran distintos a misteriosas confidencias de los demás habitantes de Lisboa que, para esa época, ya era orgullosamente llamada la Reina de los Mares por la suntuosidad de su comercio y por el hecho de haberse tornado la Babel más fascinante de una época marcada por sagaces y extraordinarias conquistas. Así, mientras más pasaban los días, más notorio se hacía el acoso de la matrona.
—Me gustas Lourencinho —le dijo por fin, desahogándose con esa breve confesión cargada de romanticismo sincero y agobiante, un final de mañana, cerca del mediodía, cuando regresaban de la Plaza del Rossio, ubicada en la parte occidental de Lisboa.
Lorenzo se asustó, las palabras se le atascaron en la garganta y sus mejillas se sonrojaron por una vergüenza que le invadía cada partícula de su ser. Nunca le había pasado por la cabeza que la matrona de los Fanqueiros pudiese ser capaz de declarársele de aquella manera tan impúdica en medio de tanta gente.
—Ya no sé cómo daros a entender que me he enamorado de vuestra merced. Me gustas desde el momento que entraste en la casa, aun cuando llegaste con esas ropas sucias, andrajosas y malolientes que traías de la Casa de los Huérfanos —dijo Lucrecia, mirando el piso, caminando lento, tratando de que el momento ganase tonalidades más solemnes, pese a las personas con las cuales se tropezaban en el camino a casa—. Quiero que sepas que nunca he estado enamorada de esta forma. Me siento como una muchachita de quince años que se apasiona por el primer caballero galante que le ofrece poemas floridos y rosas blancas por una ventana clandestina.
—No sé qué deciros —expresó finalmente Lorenzo Bastos—. Vuestra merced es una mujer casada, tiene esposo e hijos. Yo soy apenas un muchacho. Como y duermo gracias a la bondad de vuestro esposo y a la caridad de vuestra merced… Además de eso, los sacerdotes de la Casa de los Huérfanos me enseñaron que enamorarse de alguien que ya esté casado es un pecado mortal. Quien lo haga se quemará en el infierno —dijo Lorenzo Bastos, grave y serio, esperando que Lucrecia Gomes se retractara de las locuras que, desvergonzadamente, había confesado.
—No me hagas reír muchacho embrollón —dijo ella—, te daban lecciones de pureza cuando todos saben que dentro de esa casa abunda la sodomía más empedernida del reino. ¡No seas echacuervos! —comentó Lucrecia Gomes irónicamente y soltando una carcajada al final de sus palabras, que enmudeció aún más a Lorenzo—. Cuando te vi por primera vez y me dijiste que habías pasado algunos años en compañía de semejante gente, te confieso que me vino la idea de que eras otro sodomita más. Pero me di cuenta de que tu sonrisa triste y tu mirada opaca, eran señales de la misma enfermedad que yo padezco.
—¿Y qué enfermedad es ésa? Si es que se puede saber —preguntó Lorenzo Bastos, atónito con la sinceridad de doña Lucrecia Gomes.
—La soledad —soltó la matrona, pero eso lo dijo en voz bajita, guiñándole un ojo con picardía.

quinta-feira, 15 de novembro de 2018

CAPÍTULO 3 DE "EL MAPA DEL REINO DE ORO" DE RAINER SOUSA


Capítulo 3




Costa del Congo, África 1524 —1539



Mi abuela Muana Esoba recordaría siempre el día que su padre partió de la aldea en busca de la ciudad de Tombuctú, de la cual se contaban cosas tan maravillosas y sorprendentes que los hechiceros la apuntaban como la tierra prometida de los muertos.
Muana Esoba
Una mañana el padre de mi abuela, el Gran Guerrero, se despidió de ella con un abrazo y un beso en la mejilla. Sus numerosas esposas se habían aglomerado con los niños de pecho que, con tanto llanto, perturbaron la despedida.
Muana Esoba estaba asustada, traía su cabello crespo desaliñado y los mocos le escurrían hacia el bozo. Su madre no estaba allí, se encontraba enferma en la cabañita de la que su abuela la había sacado a nalgadas y tirones de orejas.
Los hermanos de Muana Esoba, ya entrados en la edad de la hombría, se mantenían en las filas delanteras. En el pueblo su padre había reclutado solamente a los más sagaces, por la sencilla razón de que solo estos serían capaces de soportar una jornada tan larga y extremadamente dura.
El motivo de la improvisada reunión, temprano por la mañana, cuando el sol desplegó sus primeros rayos, fue organizada con mucho cuidado por el padre de Muana Esoba. La partida llegó sorpresivamente para que las celosas madres y esposas no planificasen en secreto hacer algo que les impidiese partir.
Todos percibían que la misión era arriesgada; y para defenderse mejor, los guerreros se habían marcado la piel negra con líneas y círculos sagrados. En el lóbulo de las orejas llevaban colmillos de tigre y, en sus manos y brazos, largas lanzas y escudo de caparazón de tortuga.
Muana Esoba no comprendía nada. Era pequeña y no sabía que todo aquel bululú era por la dolencia de su madre, pues ni los rezos ni los ritos de los hechiceros, ni mucho menos brebajes mágicos o polvos sagrados de los brujos, habían podido curarla.
El Gran Guerrero solo deseaba restituirla a su estado ideal, igual a como la había conocido años atrás, al recibirla como tributo de manos de otro jefe, vencido en las luchas que usualmente deflagraban por los poblados de la costa. Pues sepan vuestras mercedes que la oferta de aquel derrotado lo cautivó de inmediato.
Después, al Gran Guerrero le sobrevino un profundo enamoramiento que le cayó como un hechizo, tal como un rayo en medio de la sabana africana. Para que las cosas volviesen a ser como en el pasado, el Gran Guerrero pensó que debía dejar el territorio ancestral de su pueblo y luchar contra fieras en lugares desconocidos, en selvas intrincadas o en el inconmensurable desierto infestado de legendarios y sanguinarios ladrones. Sobre Tombuctú se escuchaba hablar de calles llenas de vida, con mercaderes ricos y grandes eruditos, de templos donde se adoraba a un dios único. Se decía que allí las mujeres llevaban las caras rigurosamente tapadas por velos de seda, y los hombres eran sabios de largas túnicas blancas. Todo esto se sabía gracias a los fantasiosos relatos de forasteros que lograban pasar por las poblaciones costeñas y, con voces solemnes, declaraban la existencia de tales cosas.
Muana Esoba, aunque muy pequeña, recordaba aquellas fábulas que le despertaban una peculiar curiosidad por conocer ese mundo más allá de los ríos y bosques que sostenían su aldea aislada de aquel mundo fabuloso.
Sin embargo, mi abuela Muana Esoba, por ser mujer no se le permitía hacer la guerra ni tampoco cazar, menos pintarse con sangre de tigre en las noches de luna llena. Su padre debería conseguirle un marido entre los muchachos más fuertes y valientes de la tribu, cuando creciese. De esa forma, estaría lista para procrear y contribuir a la riqueza del pueblo. Eso era lo que pasaba con las demás muchachas, pero ¿qué sucedería si su padre no volvía más? ¿Quién se ocuparía de ella si su mamá estaba enferma y postrada en el suelo?
La última imagen que Muana Esoba guardó de su padre fue la del momento de aquel día, cuando él se detuvo y la levantó del suelo, la atrajo hacia su pecho fuerte y, con sus manos gruesas, le acarició la cara y le secó las lágrimas. En ese instante Muana Esoba sintió su fuerte olor, la dureza de sus músculos y caricias que nunca antes había sentido. Entonces el Gran Guerrero le dijo algunas palabras colmadas de ternura que mi abuela las podría aún recordar, años más tarde en una ciudad muy lejos de allí.
Lo último que Muana Esoba alcanzó a ver fue al Gran Guerrero, perdiéndose en el bosque con su hueste de aguerridos mancebos, hasta que sus palabras, llenas de fuerza y vitalidad, se volvieron huecas en el vacío del silencio.
La madre de Muana Esoba murió días más tarde, y la sombra del Gran Guerrero quedó para siempre atrapada en la soledad de aquellos bosques del África.
El tiempo fue pasando y, sin la protección de su padre, Muana Esoba quedó sumida en la más completa inseguridad. El vacío que el cacique había dejado en la aldea fue restablecido, poco a poco, por otros guerreros que se rebelaban a causa de las continuas amenazas y embestidas del rey del Congo. El rey negro, como lo llamaban en Lisboa, ambicionaba establecerse en la orilla del mar y conquistar a sus indoblegables moradores ya que, de esa manera, los podría esclavizar a su antojo y cambiarlos por los ricos presentes que los Vumbi, o espíritus del otro mundo, llevaban de un reino lejano.
La verdad es que los congoleses no se habían resistido a la seducción de aquellos pálidos forasteros que llegaron un día soleado en enormes piraguas, acompañados de dioses extraños y hablando una lengua que nadie comprendía. Ellos les enseñaron sus tradiciones y les prometieron magníficos regalos en el supuesto caso de que los ayudasen a encontrar hombres y mujeres merecedores del férreo yugo de la esclavitud. Y ahora que el Gran Guerrero había desaparecido, el rey del Congo había decidido adueñarse de las tierras costeras.
Por esas razones, y otras más, se puede decir que mi abuela creció en tiempos trastornados. Años más tarde la muchacha terminó refugiándose en los montes, entre las fuentes de los collados y en los dorados médanos de las playas. La soledad de los paisajes ancestrales y el estrellado cielo de las noches silenciosas se tornaron sus confidentes, ahora se alimentaba de pescado y tubérculos cocinados en sopas de extraño sabor.
Muana Esoba era demasiado independiente para pertenecer al respetable clan de las mujeres tribales. Era una Mpumpa, es decir, una mujer soltera. Mi abuela no sospechaba que, a pesar de la reputación que poseía como fémina sublevada, uno de los belicosos varones la deseaba secretamente para sí, y eso definitivamente sentenciaría su destino…



Lisboa, noviembre de 1539



El Santana dejó el muelle de Lisboa a finales del año 1539. Fernão Pinto era el hombre que capitaneaba la nao. El viaje hacia el Congo había surgido de forma inesperada cuando el rey firmó el permiso que el capitán le había pedido hacía ya más de dos años. La autorización fue, como vuestras mercedes recordarán, obra del Caballero de la Capa Negra, pues hasta entonces, los funcionarios de la autoritaria Casa da Índia se lo habían negado. El capitán veía esa dificultad como fruto de las quejas y lamentaciones de algunos sacerdotes de Lisboa que se entrometían en el comercio de los africanos, no para defender la causa de los negros, sino para sancionar al tratante que protestaba el alto precio que había que pagar por el bautismo de cada salvaje.
Sepan vuestras mercedes que Fernão Pinto no era un hombre de modales refinados o corteses. Los grumetes lo conocían desde los memorables tiempos en que todos salían del suelo lisboeta para emprender otras andanzas. Aunque el capitán había nacido en el seno de una familia de solar conocido, solía comer con las manos sucias y se bañaba sólo para el cumpleaños del rey. Fernão era, por decirlo así, un ser de dudoso proceder; tosco, trataba con rudeza a sus subalternos, decía palabrotas en cualquier lugar y escupía al piso, mientras se paseaba la Ribeira das Naus, en Lisboa.
Como de costumbre, el Santana hizo su primera parada en la ciudad de Tánger. Allí permanecieron apenas cinco días, el tiempo suficiente para respirar el benigno aire de la tierra firme, tomar agua pura de la montaña y retozar con algunas rameras trigueñas, las mismas que en las calles se esforzaban por vestir a la usanza de las beatas de Lisboa, pero sobre los jergones se quitaban los siete velos y bailaban descalzas las hipnotizadoras danzas del vientre.
Recuerden vuestras mercedes que Tánger había caído en manos de los portugueses en 1471, tras años de constante asedio e infatigable ambición por conquistarla. En ese entonces, los lusitanos lograron irrumpir en la ciudad con sus espadas ensangrentadas una tarde de verano, y lo primero que hicieron fue pegarles fuego a las vistosas mezquitas para después construir encima de ellas bellas iglesias dedicadas a la virgen, haciendo lo que siempre hacían, decirle a la gente: O vuestras mercedes se convierten, o se les pasa por el filo de la espada. Los tangerinos no tenían más remedio que acudir a las fuentes para que los fanáticos sacerdotes les derramasen agua por la cabeza y les otorgasen otros nombres que seguramente sus labios trémulos, consternados por el miedo, tendrían dificultad en pronunciar.

Finalmente, el Santana dejó Tánger en tranquilidad. Se avecinaba aún un trayecto largo de varias semanas en el cual tormentas sacudirían la nao con la furia y el ímpetu característico de los siete mares. Pero empezaron a suceder acontecimientos inesperados, sin que nadie sospechase quién podría ser el responsable.
Una mañana luminosa el físico de la nao apareció muerto en la cubierta principal. El grumete, encargado de despertar a los demás, se topó con el frío y tieso cadáver. De inmediato le tocaron la puerta al capitán Fernão Pinto, que aún estaba medio aturdido de sueño.
—¿Qué desean, grandísimos bastardos? —preguntó de mal humor.
—Ha sucedido algo terrible —dijo uno de los más viejos marineros.
—¡Qué más cosa terrible es viajar con vuestras mercedes!
—Ha muerto el físico —dijo alguien.
Fernão Pinto abrió los ojos de espanto y, con mirada reflexiva y seria, encaró a los hombres que le rodeaban.
—¿Qué le ha pasado?
Entonces un hombre delgado, de pelo negro, bigote poblado y piel oscura, se acercó cabizbajo hacia donde estaba el capitán. Era el contramaestre Roque Fernandes.
—No se sabe, mi capitán —le contestó.
Fernão Pinto bajó los peldaños que comunicaban el alcázar con la cubierta principal. Abajo le esperaba toda la tripulación. El cuerpo del físico se encontraba tirado al lado del enrejado de los botes. Un fraile flaco y de mirada contemplativa estaba agachado junto al cadáver.
—No sabemos de qué ha muerto —dijo el contramaestre.
Fernão Pinto miró el cuerpo tendido en el suelo de madera. Era joven. En la bulliciosa Ribeira das Naus, el famoso astillero de Lisboa, le habían dicho que el físico había estudiado en la Universidad de Coímbra y que este era su primer viaje. Ahora yacía sin vida en la cubierta, a pocos días de haber dejado Tánger.
—Parecía lo suficientemente sano para aguantar y enfrentarse a un viaje —dijo un marinero.
—Pero basta que alguno se acueste con las rameras moras para que lo embrujen con algún vino maldecido —sentenció Fernão Pinto, como si aquella explicación fuese la única que pudiera determinar la causa exacta del fallecimiento del físico.
Todos se miraron. Era obvio que no había ni un grumete siquiera que no hubiese probado los libidinosos amores de las mujerzuelas de Tánger, por supuesto, el fraile los miraba a todos con censura.
—Bueno, bueno… Lo que hay que hacer es oficiarle una misa en la cubierta, enrollar el cuerpo en una mortaja y lanzarlo al mar.
Esa misma tarde el fraile ofreció una breve ceremonia y el cadáver del físico cayó al agua con un sonido estrepitoso. Era la primera baja. Sin físico a bordo las cosas podrían complicarse.
Días más tarde, Roque Fernandes logró calcular el momento en que el sastre del rey, Lorenzo Bastos, también caería enfermo. Por varias noches el contramaestre venía observando la estrella Polar. Cuanto más el Santana se iba adentrando en los mares del sur, más se acercaba el astro a la línea del horizonte hasta finalmente desaparecer. Eso era señal de que los calores de la zona tórrida, poco a poco, se harían más insoportables y las entrañas más delicadas se resentirían por los cambios de aire.
Lorenzo Bastos empezó a comer poco y a dormir en la cubierta. La piel se le puso pálida, aun con todo el sol que tomaba durante el día, y la fiebre, al igual que los ataques de dolor de tripas, se volvieron más y más persistente. Lo peor es que sin físico no había cómo auxiliarlo y eso le preocupaba a Fernão Pinto.
Los momentos de angustia física que Lorenzo sufría a bordo del Santana, le recordaron el tiempo de pobreza y miseria cuando dormía en un rincón mugriento y le acompañaba una hueste de apestosas ratas.


Lisboa, 1499-1504

La peste bubónica entra en Lisboa en 1499

Los padres y hermanos de Lorenzo Bastos cayeron aquel fatídico año de 1499 ante las tenebrosas garras de la peste. Eso fue al cabo de algunos días, después de que la enfermedad entró a Lisboa a través de sus innumerables puertas. Los curas valientes, que prefirieron quedarse con sus humildes feligreses, comparaban la plaga al bíblico ángel destructor que, con sus alas sombrías, había desplegado un rastro de muerte entre los primogénitos de Egipto.
—Lisboa está enrojecida del pecado —gritaban los sacerdotes desde los peldaños de la vieja catedral.
Bastaron solamente dos semanas para que la ciudad se asemejara a un campo desolado. Cada rincón era ahora un lugar propicio para amontonar los cadáveres de los incontables y anónimos infortunados.
Fue en medio de este descalabro que los cuerpos de los padres y los tres hermanos de Bastos aparecieron muertos, apilados unos sobre otros, frente a la humilde casa del Callejón de Benamuquer. Como nadie se había molestado en enterrarlos, lucían ya la piel azulada por la corrupción de la carne, con un enjambre de moscas revoloteando alrededor de sus putrefactas llagas.
De allí en adelante, para Lorenzo Bastos, solamente hubo penurias e infortunios. La pequeña casa donde había vivido fue clausurada por guardias al servicio del alcalde de Lisboa, ya que las autoridades y los vecinos temían que los efluvios de la enfermedad se pudiesen propagar aún más.
Los nobles dirigentes de la ciudad, al saber de la magnitud de la catástrofe, escaparon de noche y se pusieron a salvo con sus familias en las señoriales quintas que poseían en las afueras de la capital. En Lisboa solamente permanecieron los más pobres y desvalidos que se resignaron a permanecer en la intemperie, como posibles blancos de los dardos más nefastos de la plaga.
La muerte había decidido pasar de largo junto a Lorenzo Bastos, el niño se había horrorizado durante los primeros tiempos en que algunas carrozas haladas por bueyes empezaban a cargar muertos para llevarlos hacia los numerosos camposantos que comenzaban a surgir en los descampados del burgo. Entonces, y casi por instinto, Lorenzo brincó los muros de las casas aledañas, bordeó las plácidas orillas del Tajo, cruzó la Plaza de Rossio y se refugió furtivamente en los campos que se hallaban detrás del Palacio de los Estaus. Allí quedaba la inmensa cabelleriza del rey de Portugal, don Manuel I, a quien el pueblo llamaría más tarde El Afortunado, por la cantidad de riquezas que, provenientes de sus gloriosas conquistas, llenaban sus pesadas arcas.
Lorenzo Bastos penetró en el recinto a través de un diminuto agujero por el cual pasó su pequeño y esquelético cuerpo. Durante varios días y noches el niño estuvo escondido entre los matorrales, alimentándose de naranjas, mandarinas y otras frutas silvestres. No le pasaba por la cabeza que ese lugar estaba reservado exclusivamente para los caballos del rey. Lorenzo Bastos, ante la oscuridad y el silencio aterrador de las tristes noches de Lisboa, inundadas por los lamentos de los que habían presenciado la muerte, logró mitigar el miedo con rezos escuchados en las iglesias más pobres a las que solían acudir fervorosamente los humildes feligreses lisboetas. Cuando por fin, sintió curiosidad por saber de su familia, ya era demasiado tarde. La fatalidad había violentado la dulce seguridad del hogar y había segado las vidas de los que allí moraban.
Con el advenimiento de la calamidad, eran muy pocas las personas en Lisboa que aún se esforzaban por mantener una vida normal. El comercio de la riquísima Calle Nova dos Mercadores lucía abandonado, dentro de sus tiendas las mercancías preciosas habían quedado a merced de los ladrones codiciosos que desafiaban la inefable peste negra cada vez que esta se adentraba en la ciudad. La parte baja de Lisboa, cerca del Tajo, con el inmenso Palacio Real de la Ribeira aún en construcción y la imponente Casa da Índia, figuraban aparentemente desprotegidas con la huida de la corte real. Solo unos pocos soldados permanecían en la zona, y eso porque el rey los había amenazado con ahorcarlos si dejaban sus ricos tesoros a merced de los bandidos.
Como después de la tempestad siempre viene la bonanza, un viejo cura franciscano y bienintencionado decidió recoger a Lorenzo Bastos de la calle, ya en estado famélico y enfermo, con una profunda tristeza de niño reflejada en sus ojos que conmovía y le partiría el corazón al hombre más rudo que por ventura lo viese tirado en las escaleras de la iglesia de los Mártires, extendiendo sus manitas sucias por tan solo un trocito de pan duro. El sacerdote lo mantuvo un tiempo encerrado en el Monasterio de São Francisco, en el occidente de Lisboa, pero la disciplina férrea y los constantes ayunos a los que alegremente hacían devoción los franciscanos –con la finalidad de apaciguar la ira del Señor, quien había mandado al reino la peste como castigo– tenían al chiquillo cada vez más triste. Después de un tiempo, cuando finalmente Lorenzo conquistó la confianza de los monjes, las travesuras que antes realizaba entre las veredas y callecitas de la ciudad, las quería aplicar en los jardines sagrados del claustro o en la cocina del convento de la cual el niño extraía comida a hurtadillas.
—Ahora te sacaré de aquí —le dijo el sacerdote con serenidad y palabras delicadas, un día de torrencial lluvia, cuando las estrechas calles de Lisboa se volvieron un pantano por el que era prácticamente imposible caminar.
—¿Y vuestra merced, adónde me lleva? —le preguntó Lorenzo, ya sin fuerzas, con temor en la voz y un fuerte deseo de que la peste invadiera de nuevo la ciudad y la muerte despiadada lo llevara con sus padres y hermanos al cielo prometido.
—Nos vamos ahorita mismo, te llevaré a la Mouraria, la Casa de los Huérfanos. Estoy seguro de que allí existen hombres de Dios capaces de darte un rumbo apropiado —le dijo el franciscano, sosteniéndolo fuertemente por la mano.
1500 fue el año en que Pedro Álvares Cabral llegó accidentalmente con su comitiva de naves a la Tierra de Vera Cruz, la cual más tarde se llamaría Brasil. Enseguida el almirante se apresuró en mandar mensajeros a Lisboa con la grandiosa noticia de su hallazgo que, gracias al célebre Tratado de Tordesillas, sería parte de la Corona portuguesa. Entonces las buenas nuevas se esparcieron como rastro de pólvora, desde el alcázar real en la colina más alta de la ciudad hasta los cuatro rincones de Lisboa, demostrando los grandes hechos en que los lusitanos lucían como los héroes míticos de las antiguas leyendas griegas. Fue igualmente por esa época que el rey don Manuel I, “el afortunado”, se casó, en segundo matrimonio, con María de Aragón, hija de los Reyes Católicos y con este estratégico enlace matrimonial decidió cundir la ciudad con festines y celebraciones que hacían que la gente se olvidara de la peste, del hambre y de sus restantes miserias.
Ese también fue el año en que Lorenzo Bastos ingresó en la famosa Casa de los Huérfanos, ubicada en la Mouraria de Lisboa. El amplio patio del edificio, con sus árboles, gallinas y puercos era una clara señal de que los niños allí no pasarían alguna noche con el hambre ronroneando en el estómago. Sin embargo, los pasillos oscuros, las habitaciones apiñadas de infantes y jóvenes de todos los tamaños y edades, juntamente con el establo en las traseras de la casa, se convirtieron en un terror difícil de borrar de la mente. Por eso, cuando contaba con solo 17 años Lorenzo logró salirse del renombrado orfanato donde sobrevivir, entre curas lujuriosos y sodomitas, había sido un desafío aterrador. Fue tanto que cuando salió, sacudió con rabia los pies en la puerta y maldijo para siempre aquel lugar. Una semana más tarde la Casa de los Huérfanos, casualmente, se redujo a cenizas por un violento y misterioso incendio que allí deflagró y se llevó la vida de muchas almas que vivían atrapadas entre sus insoportables paredes.




quarta-feira, 14 de novembro de 2018

CAPÍTULO 2 DE "EL MAPA DEL REINO DE ORO" DE RAINER SOUSA


Capítulo 2



Lisboa, octubre de 1539



La noche estaba lluviosa, con truenos y relámpagos. Un invierno más se iniciaba y el intenso frío hacía castañear los dientes de los pordioseros aglomerados bajo los antiguos puentes y arcos.
Cerca de Puerta del Ferro un grupo de desvalidos y proscritos se había reunido para prender una hoguera. El fuego calienta las manos, invita a la plática y acaricia la idea, o la ilusión, de poseer una familia cuando en realidad no se la tiene. No dejaba de llover a cántaros y los mendigos no hacían nada, sino acurrucarse entre sí para conservar un poco de calor. Había también quienes ya empezaban a delirar de fiebre, con las calenturas del invierno que atacan a nobles y plebeyos, la diferencia es que unos mueren en la cama y los demás en jergones de paja, en la calle o en el mugriento suelo de sus casas.
Lorenzo Bastos y el Caballero de la Capa Negra
Esa noche un hombre caminaba despacio por las calles la ciudad; se veía de buena posición por la forma como iba vestido. Llevaba un jubón aterciopelado, pantalones oscuros de damasco ceñidos a las piernas y, en la cabeza, un gorro de color violeta con dos pequeñas plumas amarillas.
Os presento, pues, a Lorenzo Bastos, el sastre del rey de Portugal. Durante esa misma noche nublada, mientras se hallaba en su tienda ubicada al lado del Arco de los Barretes, frente al río Tajo, recibió una pequeña nota amarillenta, meticulosamente doblada por una cinta color negra. Un esclavo alto y fornido se la había entregado en mano. El sastre tembló al ver que el remitente era un personaje verdaderamente temido en aquella Lisboa donde la espada ha decidido siempre la vida o la muerte de los más intrépidos.
Lorenzo leyó atentamente y, tras una corta reflexión, se acercó a una hoguera y arrojó la pequeña misiva al fuego. Luego, esperó que las campanas de las incontables iglesias de la ciudad marcaran las siete horas y partió. Había empezado a llover y quedaba solamente el alumbrado de velas y lámparas en las ventanas. Era obvio que llovería, las nubes habían estado cargadas por dos días y en algún momento bajaría el aguacero sobre la ciudad.
Muy tarde, el sastre cerró la tienda. Allí confeccionaba los mejores y más elegantes trajes que nobles y mercaderes usaban para pavonearse en las calles y plazas, o en los saraos que el rey organizaba en el Palacio de la Ribeira, lugar frecuentado también por el Caballero de la Capa Negra. Tanto el sastre como el enigmático personaje establecieron, como hecho expresamente prohibido, intercambiar palabras en público. La relación entre ambos debía mantenerse en secreto.
El sastre temía que alguien lo estuviese vigilando, por eso eligió una ruta por donde no corriera el riesgo de levantar sospechas, solo algunos mendigos lo observaban y le extendían la mano para pedirle limosna. Cuando llegó al Callejón de Benamuquer Lorenzo se llevó la mano al grueso cinturón y, de un manojo de llaves, tomó una para abrir la puerta. El sastre se hallaba un poco mojado y sentía frío. El callejón estaba inmerso en la más completa soledad. Cuando el sastre abrió la puerta de madera, esta chirrió estridentemente, él miró a todos lados y solo percibió la fugaz sombra de un gato al saltar de la mesa al suelo, emitiendo un agudo maullido. Después Lorenzo fue tanteando las paredes húmedas y ásperas hasta alcanzar una silla.
Mientras esperaba, Lorenzo escuchó un carruaje acercándose a la casa. Por el trote de los caballos y por la hora, supo que quien se acercaba era el Caballero de la Capa Negra. El sastre se levantó y le abrió la puerta, Lorenzo Bastos siempre se esforzaba por ser cortés con su invitado y se asombraba con la paciencia del fiel cochero que, por órdenes expresas del Caballero, siempre permanecía afuera aguantando la lluvia, con un sombrero de cuyas alas caían copiosas gotas.
—Muy buenas noches, mi excelentísimo señor —saludó don Lorenzo.
El Caballero de la Capa Negra no le contestó. Los tacones de sus botas resonaban en el suelo de la casa.
—No traje velas ni tampoco lámparas para alumbrar la sala. No sé si hice mal o bien —se disculpó Lorenzo.
El misterioso Caballero se limitó a toser, posiblemente estaría resfriado. Por fin se aproximó a un sillón y tocó el asiento para asegurarse de que no hubiera allí ningún animalillo. Cuando se puso cómodo, observó el deforme perfil de Lorenzo.
Sentaos —ordenó el Caballero.
Lorenzo obedeció.
—Recibí esta tarde la nota que vuestra señoría destinó a mi persona. Os juro que quedé asombrado y lleno de curiosidad —dijo Lorenzo.
—La curiosidad mata, don Lorenzo —dijo el Caballero en tono serio—. Pero vayamos al grano —concluyó sin más preámbulos—. He elegido este día porque me imaginé que llovería y cuando eso ocurre, las calles de la ciudad están solitarias y sin soldados, que de otra forma merodearían por ahí.
—Solo unos cuantos mendigos andan por las puertas de Lisboa —dijo Lorenzo.
El Caballero sonrió, aunque el sastre no lo veía.
—Pues bien. Os he llamado aquí para encargaros una misión por la cual podríais recibir una muy buena recompensa.
Las pupilas de Lorenzo se dilataron. Desde sus tiempos de juventud, en los cuales conoció las bienaventuranzas de la riqueza, no había pasado ni un momento sin convivir con la ambición.
—Dígame, mi gran señor —expresó don Lorenzo mostrando expectativa en cada palabra.
La tempestad empezaba a sacudir la ciudad y se escuchaban estruendos desde la otra orilla del Tajo.
—Vamos a lo que verdaderamente importa, supe por mi gente que en Madeira se detuvo un barco llegado de las Indias de Castilla, con rumbo a Sevilla —dijo refiriéndose al equipo de espías que le servían día y noche a cambio de un buen puñado de ducados de oro.
Los truenos retumbaban en la distante orilla del Tajo, Lorenzo esperaba que una centella iluminara el espacio y permitiese que la faz del Caballero de la Capa Negra fuese visible.
—En esa nao viaja un morisco, un tal Álvaro de Andrajosa que estuvo en una provincia española llamada Venezuela, y es portador de un curioso mapa al cual quiero echarle mano —explicó el Caballero, carraspeando.
—¿De qué trata el mapa? —inquirió Lorenzo Bastos con un deje de estupefacción en la voz.
—Como vuestra merced sabrá, mapas y cartas de mar revelan los misterios más guardados del mundo. Este mapa contiene el trayecto que conduce a un extraordinario Reino de Oro, ubicado en las profundidades de los bosques de esas tierras que pertenecen a Castilla. Según se dice, en tales parajes habita un riquísimo rey que suele untarse con polvo dorado.
El aguacero había recrudecido y los estrepitosos truenos se oían cada vez más fuertes. La tempestad que azotaba Lisboa parecía ser la aliada perfecta del encuentro. El Caballero sabía muy bien cómo causar un poderoso efecto de ansiedad y aquella lluvia en medio de la noche tenebrosa que arropaba la ciudad, reforzaba aún más el sentimiento de respeto que la gente le pudiese tener.
La lluvia caía con fuerza, como si se hubiesen roto miles de cántaros de agua en las fangosas calles de aquella Lisboa de pobres y desdichados. Aunque, sobre el ruido de la lluvia, a lo lejos se escuchaba el ladrido de un perro abandonado y un lamento materno se escabullía de alguna casa.
Al principio Lorenzo no sabía qué pensar, ¿Reino de Oro y rey revestido de polvo dorado? ¿Cómo sería posible algo así?
—Y si no es mucha impertinencia de mi parte, ¿por qué el tal moro trae el mapa consigo? ¿Es acaso un gallardo conquistador? —preguntó Lorenzo con ironía.
—Hasta donde yo sé, fue compañero de un famoso capitán alemán, al servicio de los Welser, se llama Nicolás… Nicolás de Federmann. El tudesco ha recorrido selvas en las que él jura y perjura haber visto el Reino de Oro.
Lorenzo Bastos comprendió que el Caballero misterioso anhelaba adueñarse del documento y pensó en preguntarle la razón de ese deseo, pero reflexionó antes de hablar.
—¿Qué debo hacer para serviros?
—Te embarcarás, dentro de dos semanas, en la nao Santana, so pretexto de que el rey os da permiso para capturar negros en el Congo. Vosotros viajaréis con el capitán Fernão Pinto que siempre pasa por Tánger. El problema es saber si cuando paséis por allí, el moro Álvaro de Andrajosa ya haya llegado, aunque seguramente estará para cuando vuestras mercedes regresen del África.
—Os comprendo.
—Tenéis que tener mucho cuidado porque el moro fue compañero de un judío llamado Roque Fernandes, ambos estuvieron en la India. Es de mi conocimiento que el tal Álvaro quiere dejarle el mapa.
—¿Y por qué todo eso? —preguntó Lorenzo sin contener la curiosidad.
—El tal señor Nicolás está desacreditado. Españoles más influyentes y sagaces que él han llegado a conversar con el emperador don Carlos, este está dispuesto a convertirlos a ellos en grandes señores, allá en sus Indias, porque de hecho no quiere ser acusado de favorecer a los alemanes en territorios que son propiedad exclusiva de Castilla.
—Entiendo.
—Solo tenéis que valeros de vuestra experiencia para ubicar al morisco y evitar que el mapa llegue a las manos de Roque Fernandes. Después que lo tengáis con vos, debéis esconderlo muy bien y traérmelo. Se os dará muy buena recompensa.
La lluvia seguía cayendo. La imaginación de Lorenzo continuaba sobresaltada con aquellas noticias que hablaban de espías, de un moro portador de un mapa y de un alemán que daba fe de un increíble reino en los más recónditos lugares de las selvas indianas.
Los truenos que se oían en la agobiante soledad de los callejones abandonados de Lisboa hacían temblar de pavor a Lorenzo.
En fracción de un instante el esperado destello de un relámpago alumbró la cara del Caballero de la Capa Negra. Los rasgos del hombre que Lorenzo Bastos tenía delante de sí se deformaron.
Entonces el Caballero se levantó del sillón y le dio a Lorenzo los últimos detalles; le ordenó ir al Palacio de la Ribeira a buscar los permisos debidamente firmados y sellados por su alteza real, el rey don Juan.
—Cuando volváis a Lisboa, traeréis vuestros negros y el mapa que todos buscan afanosamente. Los primeros serán de vuestra merced y lo segundo para mí —le dijo el Caballero de la Capa Negra.
El misterioso caballero se despidió del sastre con un saludo breve. Luego partió en su carruaje, penetrando la noche lluviosa y las estrechas callecitas que surcan Lisboa como líneas laberínticas.
Dos semanas más tarde, don Lorenzo Bastos estaba efectivamente embarcándose rumbo al Congo, en una nao negrera comandada por el bravucón Fernão Pinto.
Todo ocurrió como el Caballero de la Capa Negra había planificado. Ahora restaba saber si lo demás sucedería de la misma manera. Vuestras mercedes juzgarán…