quinta-feira, 15 de novembro de 2018

CAPÍTULO 3 DE "EL MAPA DEL REINO DE ORO" DE RAINER SOUSA


Capítulo 3




Costa del Congo, África 1524 —1539



Mi abuela Muana Esoba recordaría siempre el día que su padre partió de la aldea en busca de la ciudad de Tombuctú, de la cual se contaban cosas tan maravillosas y sorprendentes que los hechiceros la apuntaban como la tierra prometida de los muertos.
Muana Esoba
Una mañana el padre de mi abuela, el Gran Guerrero, se despidió de ella con un abrazo y un beso en la mejilla. Sus numerosas esposas se habían aglomerado con los niños de pecho que, con tanto llanto, perturbaron la despedida.
Muana Esoba estaba asustada, traía su cabello crespo desaliñado y los mocos le escurrían hacia el bozo. Su madre no estaba allí, se encontraba enferma en la cabañita de la que su abuela la había sacado a nalgadas y tirones de orejas.
Los hermanos de Muana Esoba, ya entrados en la edad de la hombría, se mantenían en las filas delanteras. En el pueblo su padre había reclutado solamente a los más sagaces, por la sencilla razón de que solo estos serían capaces de soportar una jornada tan larga y extremadamente dura.
El motivo de la improvisada reunión, temprano por la mañana, cuando el sol desplegó sus primeros rayos, fue organizada con mucho cuidado por el padre de Muana Esoba. La partida llegó sorpresivamente para que las celosas madres y esposas no planificasen en secreto hacer algo que les impidiese partir.
Todos percibían que la misión era arriesgada; y para defenderse mejor, los guerreros se habían marcado la piel negra con líneas y círculos sagrados. En el lóbulo de las orejas llevaban colmillos de tigre y, en sus manos y brazos, largas lanzas y escudo de caparazón de tortuga.
Muana Esoba no comprendía nada. Era pequeña y no sabía que todo aquel bululú era por la dolencia de su madre, pues ni los rezos ni los ritos de los hechiceros, ni mucho menos brebajes mágicos o polvos sagrados de los brujos, habían podido curarla.
El Gran Guerrero solo deseaba restituirla a su estado ideal, igual a como la había conocido años atrás, al recibirla como tributo de manos de otro jefe, vencido en las luchas que usualmente deflagraban por los poblados de la costa. Pues sepan vuestras mercedes que la oferta de aquel derrotado lo cautivó de inmediato.
Después, al Gran Guerrero le sobrevino un profundo enamoramiento que le cayó como un hechizo, tal como un rayo en medio de la sabana africana. Para que las cosas volviesen a ser como en el pasado, el Gran Guerrero pensó que debía dejar el territorio ancestral de su pueblo y luchar contra fieras en lugares desconocidos, en selvas intrincadas o en el inconmensurable desierto infestado de legendarios y sanguinarios ladrones. Sobre Tombuctú se escuchaba hablar de calles llenas de vida, con mercaderes ricos y grandes eruditos, de templos donde se adoraba a un dios único. Se decía que allí las mujeres llevaban las caras rigurosamente tapadas por velos de seda, y los hombres eran sabios de largas túnicas blancas. Todo esto se sabía gracias a los fantasiosos relatos de forasteros que lograban pasar por las poblaciones costeñas y, con voces solemnes, declaraban la existencia de tales cosas.
Muana Esoba, aunque muy pequeña, recordaba aquellas fábulas que le despertaban una peculiar curiosidad por conocer ese mundo más allá de los ríos y bosques que sostenían su aldea aislada de aquel mundo fabuloso.
Sin embargo, mi abuela Muana Esoba, por ser mujer no se le permitía hacer la guerra ni tampoco cazar, menos pintarse con sangre de tigre en las noches de luna llena. Su padre debería conseguirle un marido entre los muchachos más fuertes y valientes de la tribu, cuando creciese. De esa forma, estaría lista para procrear y contribuir a la riqueza del pueblo. Eso era lo que pasaba con las demás muchachas, pero ¿qué sucedería si su padre no volvía más? ¿Quién se ocuparía de ella si su mamá estaba enferma y postrada en el suelo?
La última imagen que Muana Esoba guardó de su padre fue la del momento de aquel día, cuando él se detuvo y la levantó del suelo, la atrajo hacia su pecho fuerte y, con sus manos gruesas, le acarició la cara y le secó las lágrimas. En ese instante Muana Esoba sintió su fuerte olor, la dureza de sus músculos y caricias que nunca antes había sentido. Entonces el Gran Guerrero le dijo algunas palabras colmadas de ternura que mi abuela las podría aún recordar, años más tarde en una ciudad muy lejos de allí.
Lo último que Muana Esoba alcanzó a ver fue al Gran Guerrero, perdiéndose en el bosque con su hueste de aguerridos mancebos, hasta que sus palabras, llenas de fuerza y vitalidad, se volvieron huecas en el vacío del silencio.
La madre de Muana Esoba murió días más tarde, y la sombra del Gran Guerrero quedó para siempre atrapada en la soledad de aquellos bosques del África.
El tiempo fue pasando y, sin la protección de su padre, Muana Esoba quedó sumida en la más completa inseguridad. El vacío que el cacique había dejado en la aldea fue restablecido, poco a poco, por otros guerreros que se rebelaban a causa de las continuas amenazas y embestidas del rey del Congo. El rey negro, como lo llamaban en Lisboa, ambicionaba establecerse en la orilla del mar y conquistar a sus indoblegables moradores ya que, de esa manera, los podría esclavizar a su antojo y cambiarlos por los ricos presentes que los Vumbi, o espíritus del otro mundo, llevaban de un reino lejano.
La verdad es que los congoleses no se habían resistido a la seducción de aquellos pálidos forasteros que llegaron un día soleado en enormes piraguas, acompañados de dioses extraños y hablando una lengua que nadie comprendía. Ellos les enseñaron sus tradiciones y les prometieron magníficos regalos en el supuesto caso de que los ayudasen a encontrar hombres y mujeres merecedores del férreo yugo de la esclavitud. Y ahora que el Gran Guerrero había desaparecido, el rey del Congo había decidido adueñarse de las tierras costeras.
Por esas razones, y otras más, se puede decir que mi abuela creció en tiempos trastornados. Años más tarde la muchacha terminó refugiándose en los montes, entre las fuentes de los collados y en los dorados médanos de las playas. La soledad de los paisajes ancestrales y el estrellado cielo de las noches silenciosas se tornaron sus confidentes, ahora se alimentaba de pescado y tubérculos cocinados en sopas de extraño sabor.
Muana Esoba era demasiado independiente para pertenecer al respetable clan de las mujeres tribales. Era una Mpumpa, es decir, una mujer soltera. Mi abuela no sospechaba que, a pesar de la reputación que poseía como fémina sublevada, uno de los belicosos varones la deseaba secretamente para sí, y eso definitivamente sentenciaría su destino…



Lisboa, noviembre de 1539



El Santana dejó el muelle de Lisboa a finales del año 1539. Fernão Pinto era el hombre que capitaneaba la nao. El viaje hacia el Congo había surgido de forma inesperada cuando el rey firmó el permiso que el capitán le había pedido hacía ya más de dos años. La autorización fue, como vuestras mercedes recordarán, obra del Caballero de la Capa Negra, pues hasta entonces, los funcionarios de la autoritaria Casa da Índia se lo habían negado. El capitán veía esa dificultad como fruto de las quejas y lamentaciones de algunos sacerdotes de Lisboa que se entrometían en el comercio de los africanos, no para defender la causa de los negros, sino para sancionar al tratante que protestaba el alto precio que había que pagar por el bautismo de cada salvaje.
Sepan vuestras mercedes que Fernão Pinto no era un hombre de modales refinados o corteses. Los grumetes lo conocían desde los memorables tiempos en que todos salían del suelo lisboeta para emprender otras andanzas. Aunque el capitán había nacido en el seno de una familia de solar conocido, solía comer con las manos sucias y se bañaba sólo para el cumpleaños del rey. Fernão era, por decirlo así, un ser de dudoso proceder; tosco, trataba con rudeza a sus subalternos, decía palabrotas en cualquier lugar y escupía al piso, mientras se paseaba la Ribeira das Naus, en Lisboa.
Como de costumbre, el Santana hizo su primera parada en la ciudad de Tánger. Allí permanecieron apenas cinco días, el tiempo suficiente para respirar el benigno aire de la tierra firme, tomar agua pura de la montaña y retozar con algunas rameras trigueñas, las mismas que en las calles se esforzaban por vestir a la usanza de las beatas de Lisboa, pero sobre los jergones se quitaban los siete velos y bailaban descalzas las hipnotizadoras danzas del vientre.
Recuerden vuestras mercedes que Tánger había caído en manos de los portugueses en 1471, tras años de constante asedio e infatigable ambición por conquistarla. En ese entonces, los lusitanos lograron irrumpir en la ciudad con sus espadas ensangrentadas una tarde de verano, y lo primero que hicieron fue pegarles fuego a las vistosas mezquitas para después construir encima de ellas bellas iglesias dedicadas a la virgen, haciendo lo que siempre hacían, decirle a la gente: O vuestras mercedes se convierten, o se les pasa por el filo de la espada. Los tangerinos no tenían más remedio que acudir a las fuentes para que los fanáticos sacerdotes les derramasen agua por la cabeza y les otorgasen otros nombres que seguramente sus labios trémulos, consternados por el miedo, tendrían dificultad en pronunciar.

Finalmente, el Santana dejó Tánger en tranquilidad. Se avecinaba aún un trayecto largo de varias semanas en el cual tormentas sacudirían la nao con la furia y el ímpetu característico de los siete mares. Pero empezaron a suceder acontecimientos inesperados, sin que nadie sospechase quién podría ser el responsable.
Una mañana luminosa el físico de la nao apareció muerto en la cubierta principal. El grumete, encargado de despertar a los demás, se topó con el frío y tieso cadáver. De inmediato le tocaron la puerta al capitán Fernão Pinto, que aún estaba medio aturdido de sueño.
—¿Qué desean, grandísimos bastardos? —preguntó de mal humor.
—Ha sucedido algo terrible —dijo uno de los más viejos marineros.
—¡Qué más cosa terrible es viajar con vuestras mercedes!
—Ha muerto el físico —dijo alguien.
Fernão Pinto abrió los ojos de espanto y, con mirada reflexiva y seria, encaró a los hombres que le rodeaban.
—¿Qué le ha pasado?
Entonces un hombre delgado, de pelo negro, bigote poblado y piel oscura, se acercó cabizbajo hacia donde estaba el capitán. Era el contramaestre Roque Fernandes.
—No se sabe, mi capitán —le contestó.
Fernão Pinto bajó los peldaños que comunicaban el alcázar con la cubierta principal. Abajo le esperaba toda la tripulación. El cuerpo del físico se encontraba tirado al lado del enrejado de los botes. Un fraile flaco y de mirada contemplativa estaba agachado junto al cadáver.
—No sabemos de qué ha muerto —dijo el contramaestre.
Fernão Pinto miró el cuerpo tendido en el suelo de madera. Era joven. En la bulliciosa Ribeira das Naus, el famoso astillero de Lisboa, le habían dicho que el físico había estudiado en la Universidad de Coímbra y que este era su primer viaje. Ahora yacía sin vida en la cubierta, a pocos días de haber dejado Tánger.
—Parecía lo suficientemente sano para aguantar y enfrentarse a un viaje —dijo un marinero.
—Pero basta que alguno se acueste con las rameras moras para que lo embrujen con algún vino maldecido —sentenció Fernão Pinto, como si aquella explicación fuese la única que pudiera determinar la causa exacta del fallecimiento del físico.
Todos se miraron. Era obvio que no había ni un grumete siquiera que no hubiese probado los libidinosos amores de las mujerzuelas de Tánger, por supuesto, el fraile los miraba a todos con censura.
—Bueno, bueno… Lo que hay que hacer es oficiarle una misa en la cubierta, enrollar el cuerpo en una mortaja y lanzarlo al mar.
Esa misma tarde el fraile ofreció una breve ceremonia y el cadáver del físico cayó al agua con un sonido estrepitoso. Era la primera baja. Sin físico a bordo las cosas podrían complicarse.
Días más tarde, Roque Fernandes logró calcular el momento en que el sastre del rey, Lorenzo Bastos, también caería enfermo. Por varias noches el contramaestre venía observando la estrella Polar. Cuanto más el Santana se iba adentrando en los mares del sur, más se acercaba el astro a la línea del horizonte hasta finalmente desaparecer. Eso era señal de que los calores de la zona tórrida, poco a poco, se harían más insoportables y las entrañas más delicadas se resentirían por los cambios de aire.
Lorenzo Bastos empezó a comer poco y a dormir en la cubierta. La piel se le puso pálida, aun con todo el sol que tomaba durante el día, y la fiebre, al igual que los ataques de dolor de tripas, se volvieron más y más persistente. Lo peor es que sin físico no había cómo auxiliarlo y eso le preocupaba a Fernão Pinto.
Los momentos de angustia física que Lorenzo sufría a bordo del Santana, le recordaron el tiempo de pobreza y miseria cuando dormía en un rincón mugriento y le acompañaba una hueste de apestosas ratas.


Lisboa, 1499-1504

La peste bubónica entra en Lisboa en 1499

Los padres y hermanos de Lorenzo Bastos cayeron aquel fatídico año de 1499 ante las tenebrosas garras de la peste. Eso fue al cabo de algunos días, después de que la enfermedad entró a Lisboa a través de sus innumerables puertas. Los curas valientes, que prefirieron quedarse con sus humildes feligreses, comparaban la plaga al bíblico ángel destructor que, con sus alas sombrías, había desplegado un rastro de muerte entre los primogénitos de Egipto.
—Lisboa está enrojecida del pecado —gritaban los sacerdotes desde los peldaños de la vieja catedral.
Bastaron solamente dos semanas para que la ciudad se asemejara a un campo desolado. Cada rincón era ahora un lugar propicio para amontonar los cadáveres de los incontables y anónimos infortunados.
Fue en medio de este descalabro que los cuerpos de los padres y los tres hermanos de Bastos aparecieron muertos, apilados unos sobre otros, frente a la humilde casa del Callejón de Benamuquer. Como nadie se había molestado en enterrarlos, lucían ya la piel azulada por la corrupción de la carne, con un enjambre de moscas revoloteando alrededor de sus putrefactas llagas.
De allí en adelante, para Lorenzo Bastos, solamente hubo penurias e infortunios. La pequeña casa donde había vivido fue clausurada por guardias al servicio del alcalde de Lisboa, ya que las autoridades y los vecinos temían que los efluvios de la enfermedad se pudiesen propagar aún más.
Los nobles dirigentes de la ciudad, al saber de la magnitud de la catástrofe, escaparon de noche y se pusieron a salvo con sus familias en las señoriales quintas que poseían en las afueras de la capital. En Lisboa solamente permanecieron los más pobres y desvalidos que se resignaron a permanecer en la intemperie, como posibles blancos de los dardos más nefastos de la plaga.
La muerte había decidido pasar de largo junto a Lorenzo Bastos, el niño se había horrorizado durante los primeros tiempos en que algunas carrozas haladas por bueyes empezaban a cargar muertos para llevarlos hacia los numerosos camposantos que comenzaban a surgir en los descampados del burgo. Entonces, y casi por instinto, Lorenzo brincó los muros de las casas aledañas, bordeó las plácidas orillas del Tajo, cruzó la Plaza de Rossio y se refugió furtivamente en los campos que se hallaban detrás del Palacio de los Estaus. Allí quedaba la inmensa cabelleriza del rey de Portugal, don Manuel I, a quien el pueblo llamaría más tarde El Afortunado, por la cantidad de riquezas que, provenientes de sus gloriosas conquistas, llenaban sus pesadas arcas.
Lorenzo Bastos penetró en el recinto a través de un diminuto agujero por el cual pasó su pequeño y esquelético cuerpo. Durante varios días y noches el niño estuvo escondido entre los matorrales, alimentándose de naranjas, mandarinas y otras frutas silvestres. No le pasaba por la cabeza que ese lugar estaba reservado exclusivamente para los caballos del rey. Lorenzo Bastos, ante la oscuridad y el silencio aterrador de las tristes noches de Lisboa, inundadas por los lamentos de los que habían presenciado la muerte, logró mitigar el miedo con rezos escuchados en las iglesias más pobres a las que solían acudir fervorosamente los humildes feligreses lisboetas. Cuando por fin, sintió curiosidad por saber de su familia, ya era demasiado tarde. La fatalidad había violentado la dulce seguridad del hogar y había segado las vidas de los que allí moraban.
Con el advenimiento de la calamidad, eran muy pocas las personas en Lisboa que aún se esforzaban por mantener una vida normal. El comercio de la riquísima Calle Nova dos Mercadores lucía abandonado, dentro de sus tiendas las mercancías preciosas habían quedado a merced de los ladrones codiciosos que desafiaban la inefable peste negra cada vez que esta se adentraba en la ciudad. La parte baja de Lisboa, cerca del Tajo, con el inmenso Palacio Real de la Ribeira aún en construcción y la imponente Casa da Índia, figuraban aparentemente desprotegidas con la huida de la corte real. Solo unos pocos soldados permanecían en la zona, y eso porque el rey los había amenazado con ahorcarlos si dejaban sus ricos tesoros a merced de los bandidos.
Como después de la tempestad siempre viene la bonanza, un viejo cura franciscano y bienintencionado decidió recoger a Lorenzo Bastos de la calle, ya en estado famélico y enfermo, con una profunda tristeza de niño reflejada en sus ojos que conmovía y le partiría el corazón al hombre más rudo que por ventura lo viese tirado en las escaleras de la iglesia de los Mártires, extendiendo sus manitas sucias por tan solo un trocito de pan duro. El sacerdote lo mantuvo un tiempo encerrado en el Monasterio de São Francisco, en el occidente de Lisboa, pero la disciplina férrea y los constantes ayunos a los que alegremente hacían devoción los franciscanos –con la finalidad de apaciguar la ira del Señor, quien había mandado al reino la peste como castigo– tenían al chiquillo cada vez más triste. Después de un tiempo, cuando finalmente Lorenzo conquistó la confianza de los monjes, las travesuras que antes realizaba entre las veredas y callecitas de la ciudad, las quería aplicar en los jardines sagrados del claustro o en la cocina del convento de la cual el niño extraía comida a hurtadillas.
—Ahora te sacaré de aquí —le dijo el sacerdote con serenidad y palabras delicadas, un día de torrencial lluvia, cuando las estrechas calles de Lisboa se volvieron un pantano por el que era prácticamente imposible caminar.
—¿Y vuestra merced, adónde me lleva? —le preguntó Lorenzo, ya sin fuerzas, con temor en la voz y un fuerte deseo de que la peste invadiera de nuevo la ciudad y la muerte despiadada lo llevara con sus padres y hermanos al cielo prometido.
—Nos vamos ahorita mismo, te llevaré a la Mouraria, la Casa de los Huérfanos. Estoy seguro de que allí existen hombres de Dios capaces de darte un rumbo apropiado —le dijo el franciscano, sosteniéndolo fuertemente por la mano.
1500 fue el año en que Pedro Álvares Cabral llegó accidentalmente con su comitiva de naves a la Tierra de Vera Cruz, la cual más tarde se llamaría Brasil. Enseguida el almirante se apresuró en mandar mensajeros a Lisboa con la grandiosa noticia de su hallazgo que, gracias al célebre Tratado de Tordesillas, sería parte de la Corona portuguesa. Entonces las buenas nuevas se esparcieron como rastro de pólvora, desde el alcázar real en la colina más alta de la ciudad hasta los cuatro rincones de Lisboa, demostrando los grandes hechos en que los lusitanos lucían como los héroes míticos de las antiguas leyendas griegas. Fue igualmente por esa época que el rey don Manuel I, “el afortunado”, se casó, en segundo matrimonio, con María de Aragón, hija de los Reyes Católicos y con este estratégico enlace matrimonial decidió cundir la ciudad con festines y celebraciones que hacían que la gente se olvidara de la peste, del hambre y de sus restantes miserias.
Ese también fue el año en que Lorenzo Bastos ingresó en la famosa Casa de los Huérfanos, ubicada en la Mouraria de Lisboa. El amplio patio del edificio, con sus árboles, gallinas y puercos era una clara señal de que los niños allí no pasarían alguna noche con el hambre ronroneando en el estómago. Sin embargo, los pasillos oscuros, las habitaciones apiñadas de infantes y jóvenes de todos los tamaños y edades, juntamente con el establo en las traseras de la casa, se convirtieron en un terror difícil de borrar de la mente. Por eso, cuando contaba con solo 17 años Lorenzo logró salirse del renombrado orfanato donde sobrevivir, entre curas lujuriosos y sodomitas, había sido un desafío aterrador. Fue tanto que cuando salió, sacudió con rabia los pies en la puerta y maldijo para siempre aquel lugar. Una semana más tarde la Casa de los Huérfanos, casualmente, se redujo a cenizas por un violento y misterioso incendio que allí deflagró y se llevó la vida de muchas almas que vivían atrapadas entre sus insoportables paredes.




quarta-feira, 14 de novembro de 2018

CAPÍTULO 2 DE "EL MAPA DEL REINO DE ORO" DE RAINER SOUSA


Capítulo 2



Lisboa, octubre de 1539



La noche estaba lluviosa, con truenos y relámpagos. Un invierno más se iniciaba y el intenso frío hacía castañear los dientes de los pordioseros aglomerados bajo los antiguos puentes y arcos.
Cerca de Puerta del Ferro un grupo de desvalidos y proscritos se había reunido para prender una hoguera. El fuego calienta las manos, invita a la plática y acaricia la idea, o la ilusión, de poseer una familia cuando en realidad no se la tiene. No dejaba de llover a cántaros y los mendigos no hacían nada, sino acurrucarse entre sí para conservar un poco de calor. Había también quienes ya empezaban a delirar de fiebre, con las calenturas del invierno que atacan a nobles y plebeyos, la diferencia es que unos mueren en la cama y los demás en jergones de paja, en la calle o en el mugriento suelo de sus casas.
Lorenzo Bastos y el Caballero de la Capa Negra
Esa noche un hombre caminaba despacio por las calles la ciudad; se veía de buena posición por la forma como iba vestido. Llevaba un jubón aterciopelado, pantalones oscuros de damasco ceñidos a las piernas y, en la cabeza, un gorro de color violeta con dos pequeñas plumas amarillas.
Os presento, pues, a Lorenzo Bastos, el sastre del rey de Portugal. Durante esa misma noche nublada, mientras se hallaba en su tienda ubicada al lado del Arco de los Barretes, frente al río Tajo, recibió una pequeña nota amarillenta, meticulosamente doblada por una cinta color negra. Un esclavo alto y fornido se la había entregado en mano. El sastre tembló al ver que el remitente era un personaje verdaderamente temido en aquella Lisboa donde la espada ha decidido siempre la vida o la muerte de los más intrépidos.
Lorenzo leyó atentamente y, tras una corta reflexión, se acercó a una hoguera y arrojó la pequeña misiva al fuego. Luego, esperó que las campanas de las incontables iglesias de la ciudad marcaran las siete horas y partió. Había empezado a llover y quedaba solamente el alumbrado de velas y lámparas en las ventanas. Era obvio que llovería, las nubes habían estado cargadas por dos días y en algún momento bajaría el aguacero sobre la ciudad.
Muy tarde, el sastre cerró la tienda. Allí confeccionaba los mejores y más elegantes trajes que nobles y mercaderes usaban para pavonearse en las calles y plazas, o en los saraos que el rey organizaba en el Palacio de la Ribeira, lugar frecuentado también por el Caballero de la Capa Negra. Tanto el sastre como el enigmático personaje establecieron, como hecho expresamente prohibido, intercambiar palabras en público. La relación entre ambos debía mantenerse en secreto.
El sastre temía que alguien lo estuviese vigilando, por eso eligió una ruta por donde no corriera el riesgo de levantar sospechas, solo algunos mendigos lo observaban y le extendían la mano para pedirle limosna. Cuando llegó al Callejón de Benamuquer Lorenzo se llevó la mano al grueso cinturón y, de un manojo de llaves, tomó una para abrir la puerta. El sastre se hallaba un poco mojado y sentía frío. El callejón estaba inmerso en la más completa soledad. Cuando el sastre abrió la puerta de madera, esta chirrió estridentemente, él miró a todos lados y solo percibió la fugaz sombra de un gato al saltar de la mesa al suelo, emitiendo un agudo maullido. Después Lorenzo fue tanteando las paredes húmedas y ásperas hasta alcanzar una silla.
Mientras esperaba, Lorenzo escuchó un carruaje acercándose a la casa. Por el trote de los caballos y por la hora, supo que quien se acercaba era el Caballero de la Capa Negra. El sastre se levantó y le abrió la puerta, Lorenzo Bastos siempre se esforzaba por ser cortés con su invitado y se asombraba con la paciencia del fiel cochero que, por órdenes expresas del Caballero, siempre permanecía afuera aguantando la lluvia, con un sombrero de cuyas alas caían copiosas gotas.
—Muy buenas noches, mi excelentísimo señor —saludó don Lorenzo.
El Caballero de la Capa Negra no le contestó. Los tacones de sus botas resonaban en el suelo de la casa.
—No traje velas ni tampoco lámparas para alumbrar la sala. No sé si hice mal o bien —se disculpó Lorenzo.
El misterioso Caballero se limitó a toser, posiblemente estaría resfriado. Por fin se aproximó a un sillón y tocó el asiento para asegurarse de que no hubiera allí ningún animalillo. Cuando se puso cómodo, observó el deforme perfil de Lorenzo.
Sentaos —ordenó el Caballero.
Lorenzo obedeció.
—Recibí esta tarde la nota que vuestra señoría destinó a mi persona. Os juro que quedé asombrado y lleno de curiosidad —dijo Lorenzo.
—La curiosidad mata, don Lorenzo —dijo el Caballero en tono serio—. Pero vayamos al grano —concluyó sin más preámbulos—. He elegido este día porque me imaginé que llovería y cuando eso ocurre, las calles de la ciudad están solitarias y sin soldados, que de otra forma merodearían por ahí.
—Solo unos cuantos mendigos andan por las puertas de Lisboa —dijo Lorenzo.
El Caballero sonrió, aunque el sastre no lo veía.
—Pues bien. Os he llamado aquí para encargaros una misión por la cual podríais recibir una muy buena recompensa.
Las pupilas de Lorenzo se dilataron. Desde sus tiempos de juventud, en los cuales conoció las bienaventuranzas de la riqueza, no había pasado ni un momento sin convivir con la ambición.
—Dígame, mi gran señor —expresó don Lorenzo mostrando expectativa en cada palabra.
La tempestad empezaba a sacudir la ciudad y se escuchaban estruendos desde la otra orilla del Tajo.
—Vamos a lo que verdaderamente importa, supe por mi gente que en Madeira se detuvo un barco llegado de las Indias de Castilla, con rumbo a Sevilla —dijo refiriéndose al equipo de espías que le servían día y noche a cambio de un buen puñado de ducados de oro.
Los truenos retumbaban en la distante orilla del Tajo, Lorenzo esperaba que una centella iluminara el espacio y permitiese que la faz del Caballero de la Capa Negra fuese visible.
—En esa nao viaja un morisco, un tal Álvaro de Andrajosa que estuvo en una provincia española llamada Venezuela, y es portador de un curioso mapa al cual quiero echarle mano —explicó el Caballero, carraspeando.
—¿De qué trata el mapa? —inquirió Lorenzo Bastos con un deje de estupefacción en la voz.
—Como vuestra merced sabrá, mapas y cartas de mar revelan los misterios más guardados del mundo. Este mapa contiene el trayecto que conduce a un extraordinario Reino de Oro, ubicado en las profundidades de los bosques de esas tierras que pertenecen a Castilla. Según se dice, en tales parajes habita un riquísimo rey que suele untarse con polvo dorado.
El aguacero había recrudecido y los estrepitosos truenos se oían cada vez más fuertes. La tempestad que azotaba Lisboa parecía ser la aliada perfecta del encuentro. El Caballero sabía muy bien cómo causar un poderoso efecto de ansiedad y aquella lluvia en medio de la noche tenebrosa que arropaba la ciudad, reforzaba aún más el sentimiento de respeto que la gente le pudiese tener.
La lluvia caía con fuerza, como si se hubiesen roto miles de cántaros de agua en las fangosas calles de aquella Lisboa de pobres y desdichados. Aunque, sobre el ruido de la lluvia, a lo lejos se escuchaba el ladrido de un perro abandonado y un lamento materno se escabullía de alguna casa.
Al principio Lorenzo no sabía qué pensar, ¿Reino de Oro y rey revestido de polvo dorado? ¿Cómo sería posible algo así?
—Y si no es mucha impertinencia de mi parte, ¿por qué el tal moro trae el mapa consigo? ¿Es acaso un gallardo conquistador? —preguntó Lorenzo con ironía.
—Hasta donde yo sé, fue compañero de un famoso capitán alemán, al servicio de los Welser, se llama Nicolás… Nicolás de Federmann. El tudesco ha recorrido selvas en las que él jura y perjura haber visto el Reino de Oro.
Lorenzo Bastos comprendió que el Caballero misterioso anhelaba adueñarse del documento y pensó en preguntarle la razón de ese deseo, pero reflexionó antes de hablar.
—¿Qué debo hacer para serviros?
—Te embarcarás, dentro de dos semanas, en la nao Santana, so pretexto de que el rey os da permiso para capturar negros en el Congo. Vosotros viajaréis con el capitán Fernão Pinto que siempre pasa por Tánger. El problema es saber si cuando paséis por allí, el moro Álvaro de Andrajosa ya haya llegado, aunque seguramente estará para cuando vuestras mercedes regresen del África.
—Os comprendo.
—Tenéis que tener mucho cuidado porque el moro fue compañero de un judío llamado Roque Fernandes, ambos estuvieron en la India. Es de mi conocimiento que el tal Álvaro quiere dejarle el mapa.
—¿Y por qué todo eso? —preguntó Lorenzo sin contener la curiosidad.
—El tal señor Nicolás está desacreditado. Españoles más influyentes y sagaces que él han llegado a conversar con el emperador don Carlos, este está dispuesto a convertirlos a ellos en grandes señores, allá en sus Indias, porque de hecho no quiere ser acusado de favorecer a los alemanes en territorios que son propiedad exclusiva de Castilla.
—Entiendo.
—Solo tenéis que valeros de vuestra experiencia para ubicar al morisco y evitar que el mapa llegue a las manos de Roque Fernandes. Después que lo tengáis con vos, debéis esconderlo muy bien y traérmelo. Se os dará muy buena recompensa.
La lluvia seguía cayendo. La imaginación de Lorenzo continuaba sobresaltada con aquellas noticias que hablaban de espías, de un moro portador de un mapa y de un alemán que daba fe de un increíble reino en los más recónditos lugares de las selvas indianas.
Los truenos que se oían en la agobiante soledad de los callejones abandonados de Lisboa hacían temblar de pavor a Lorenzo.
En fracción de un instante el esperado destello de un relámpago alumbró la cara del Caballero de la Capa Negra. Los rasgos del hombre que Lorenzo Bastos tenía delante de sí se deformaron.
Entonces el Caballero se levantó del sillón y le dio a Lorenzo los últimos detalles; le ordenó ir al Palacio de la Ribeira a buscar los permisos debidamente firmados y sellados por su alteza real, el rey don Juan.
—Cuando volváis a Lisboa, traeréis vuestros negros y el mapa que todos buscan afanosamente. Los primeros serán de vuestra merced y lo segundo para mí —le dijo el Caballero de la Capa Negra.
El misterioso caballero se despidió del sastre con un saludo breve. Luego partió en su carruaje, penetrando la noche lluviosa y las estrechas callecitas que surcan Lisboa como líneas laberínticas.
Dos semanas más tarde, don Lorenzo Bastos estaba efectivamente embarcándose rumbo al Congo, en una nao negrera comandada por el bravucón Fernão Pinto.
Todo ocurrió como el Caballero de la Capa Negra había planificado. Ahora restaba saber si lo demás sucedería de la misma manera. Vuestras mercedes juzgarán…




terça-feira, 13 de novembro de 2018

PRIMERA PARTE, CAPÍTULO 1 DE "EL MAPA DEL REINO DE ORO" DE RAINER SOUSA


CAPÍTULO I

Tánger, marzo de 1517




Cuando Álvaro de Andrajosa miró por primera vez aquella playa de arenas doradas y el apacible azul turquesa del mar, recordó las patrañas que años antes había escuchado cuando aún no había posado sus borceguíes en suelo indiano. Los grumetes de las naos y carabelas le habían hablado de indios patagones, de gigantes monstruosos que tenían los ojos en el pecho, y le hablaron de selvas habitadas por aguerridas mujeres que, de un solo flechazo, derribaban al más intrépido conquistador blanco.
Álvaro de Andrajosa
El mundo estaba hecho más de agua que de tierra y se hallaba dividido en dos partes muy apetecidas, delimitadas por una línea imaginaria que las cortaba tal cual lo hace una espada del mejor acero toledano. Así lo estipulaba el Tratado de Tordesillas: una parte para España otra para Portugal.
“Es sencillo…es como un pan redondo de centeno partido en dos pedazos”, pensó Álvaro, para Oriente se halla la añorada India –la del azafrán, de la pimienta, la canela y la nuez moscada– que tiembla ante los cascos portugueses y, para Occidente, unos territorios novedosos que lucen, en su suelo selvático, el pabellón de la vieja Hispania.
Álvaro de Andrajosa era afortunado, conocía muy bien la India oriental. Hacía muchos años se había embarcado en su ciudad natal, la bella Tánger, la cual un siglo antes, había sido arrebatada de manos mahometanas y convertida en una plaza portuguesa.
Un bello día soleado Álvaro miró el mar y contempló el muelle de Tánger con sus embarcaciones marrones, bamboleándose al compás de las olas. En aquellos años la ciudad era la reina de su corazón. Álvaro de Andrajosa se había enamorado perdidamente de una dama, hija de un capitán lusitano, cuya belleza le había encandilado los ojos, el espíritu y tantas otras cosas más, al punto de tenerla en el paraíso del amor.
Le bastó verla apenas un día en la plaza de la ciudad para prenderse de ella con la inocencia e ingenuidad de un angelito de capilla cristiana. Él creía que el gallardo capitán dejaría casar a su doncella con un pobre morisco. Y como vuestras mercedes supondrán, Álvaro de Andrajosa se hallaba en el patio de los evidentemente equivocados. Entonces, escaso de miramientos lógicos, las pasiones del corazón lo impulsaron a perseguirla, a regalarle margaritas, a dejarle notas con poemas floridos. Ella le siguió la corriente, más por curiosidad que por algún sentimiento romántico en el interior de su ser.
La verdad es que tales encuentros, más o menos idílicos, terminaron de manera abrupta cuando ella de pronto dejó de hablarle y él se percató de que un pretendiente, ya anciano y de sangre hidalga, merodeaba la casa del capitán. En un santiamén la doncella y el viejo se casaron y días después abandonaron Tánger con rumbo incierto.
Álvaro sufrió los dolores propios del amor no correspondido. Fue tanta su pena que, se hizo grumete y se embarcó en una famosa armada con destino a la India. Eso ocurrió en el año 1518 de Nuestro Señor.
Al principio Álvaro de Andrajosa pensó que la vida de mar no era para él, estaba acostumbrado a corretear por las colinas de Tánger y descansar su joven cuerpo en un buen jergón de paja. Ahora debía adaptarse a llevar siempre la ropa mojada, además de dormir en la cubierta de una nao. De paso, el capitán del barco había ordenado, bajo amenaza de muerte, que cada hombre aprendiese a manejar la lanza, la ballesta y las otras armas que sirven primero para amenazar, después para matar y luego para conquistar. Álvaro de Andrajosa nunca se imaginó que le pudiese ir tan bien, sepan vuestras mercedes que hasta le tomó gusto a su oficio. En pocos meses se hizo experto en asuntos de grumetes y, cuando puso los pies en las tierras conquistadas, se volvió tan audaz en temas de guerra y peleas, como los lusos más aguerridos.
Bajo las espadas de aquella armada, y ante los ojos de los portugueses, iban cayendo ciudades enteras, islas paradisiacas, importantes plazas de trajín comercial y parajes colmados de dioses extraños y templos idólatras. Álvaro de Andrajosa se sentía como un personaje sacado de una leyenda de guerreros. En vez de una espada de acero, él se imaginaba empuñando una dilacerante cimitarra y, en vez de una cruz enorme y rojiza, creía llevar la media luna hasta los confines de aquel mundo grande, vasto e infinitamente extraño en olores, sabores y en la belleza de las mujeres que, con sensuales miradas, no se rehusaban a probar los amoríos con los gallardos vencedores.
Una noche, en la cubierta de la nao, se le acercó un mozo de nariz aguileña y poblado bigote.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Me llamo Álvaro de Andrajosa, ¿y vuestra merced?
—Roque Fernandes, soy de Lisboa. ¿Conoces la ciudad?
—Jamás he estado allí, soy de Tánger —contestó el morisco, apenado por no haber estado jamás en la ciudad conocida como la Reina de los Mares.
—¿Crees en el dios de los portugueses? —indagó Roque.
Álvaro no le contestó, y Roque supo interpretar aquel silencio como un rechazo al tema. Por su parte, Álvaro esperó un tiempo hasta tener suficiente confianza. Recelaba un poco, no fuera a ser que el extraño lo denunciara ante los frailes. Solo cuando Álvaro tuvo la certeza de que era digno de confianza, permitió una mayor camaradería entre ambos.
—Vuestra merced me preguntó hace unas noches si yo creía en el dios de los portugueses —le dijo un día—. ¿Os acordáis?
—Sí, me acuerdo —respondió Roque.
—¿Por qué me hicisteis esa pregunta?
—Porque yo no les creo. Soy judío, y sé muy bien que tú eres moro. ¿No es así?
—Así es. Espero que no le contéis nada de estas cosas a esas ratas de hábitos pardos que andan por doquier.
Roque mantuvo confidencialidad y Álvaro selló con él un pacto de complicidad que duraría muchísimos años.
En 1525 ya ambos estaban hartos de guerras y llevaban sobre sus hombros aventuras vividas en el Oriente indiano hasta las puertas de la indoblegable China y al suelo selvático del recóndito Brasil. Era demasiado, después de tanta pelea, y con la piel cubierta de cicatrices, Roque Fernandes decidió que era hora de regresar a Lisboa, era tiempo de reivindicar alguna recompensa por las privaciones sufridas.
—Vámonos al reino para que el rey nos dé algo —propuso Roque Fernandes.
—¿Y vuestra merced cree que se nos vaya a dar algo?
—Tenemos cartas selladas por gobernadores. ¡Eso ya es bastante!
Entonces planificaron ir a la Reina de los Mares con intenciones de pedir algún galardón en los pasillos de la famosa Casa da Índia, pero en la fortaleza de São Jorge da Mina, en plena costa occidental de África, Álvaro de Andrajosa cambió de idea. Temía, en lo más recóndito de su ser, que en los callejones y plazoletas de Lisboa se fuera a encontrar con la hija del capitán de Tánger. Por más que se esforzase, la imagen de la muchacha no se disipaba de los meandros de su mente. Para borrar sus recuerdos no fueron suficientes las ardientes noches con las esclavas negras e indias de Goa. Ella constantemente le aparecía en sueños, pesadillas y visiones en las que se le presentaba bajo una imagen diáfana, a veces en forma de odalisca encantada, y otras bajo la figura de una virgen cristiana que le arropaba por las noches con su sagrado manto azul celeste.
Una tarde, con las primeras sombras de la noche, el morisco se despidió de Roque Fernandes con un simple adiós, y a primera hora de la mañana siguiente se alistó en una nave cuyo capitán era un español orgulloso y altanero.
Otras aventuras aguardaban al morisco de Tánger. La piel tiznada por el sol y un fuerte acento que mezclaba la lengua portuguesa con los resabios moros mostraba su origen donde quiera que fuese. Los conquistadores y la soldadesca pasaron a llamarlo “el Portugués”, Álvaro de Andrajosa no sabía si molestarse o resignarse ante un epíteto tan raro para sus oídos. Él era oriundo del norte de África y todos sus ancestros habían pertenecido al linaje de los que escuchan el consejo de Mahoma. Ahora, acomodado a su nuevo oficio de explorador, caminaba leguas y leguas de tierra desconocida, esquivando serpientes y empuñando la espada para decapitar indios y destruir los poderosos tentáculos que obstaculizaban los infranqueables caminos del Nuevo Mundo. Pero su vida en las Indias empezó verdaderamente el día en que conoció a don Nicolás de Federmann.

 Tierra firme (Venezuela), 1529


Tal vez vuestras mercedes no conozcan a su señoría, don Nicolás de Federmann, tudesco por los cuatros costados, nacido en la ciudad de Ulm, de barba roja y ojos verdes, quien cuando caminaba parecía un pavo real de tantas ínfulas que tenía, todo porque soñaba con hacerse grande en las Indias de Castilla. Así se lo habían prometido los poderosos Welser, los banqueros alemanes que tenían al propio Carlos V agarrado por la barba, de tanta plata que el emperador les debía.
—Si haces lo que te decimos, te haremos virrey de las Indias —le prometió el viejo Welser, desde un majestuoso sillón, una tarde de invierno cuando los primeros cristales de nieve empezaban a caer en los campos.
Nicolás le juró solemnemente velar por los intereses de la excelsa familia, aunque para ello tuviese que enfrentarse a los intrépidos españoles y mandarlos al infierno junto con un puñado de groserías dichas en su idioma. De todas maneras era mejor sufrir todas esas aflicciones que quedarse en la vieja Alemania, donde nunca pasaría de ser un olvidado hidalguillo.
Fue así como Nicolás de Federmann abandonó su terruño para probar suerte. Antes de poner los pies en la embarcación que le llevaría a las Indias, se prometió que no vacilaría hasta realizar su sueño. “Seré dueño de las Indias, cueste lo que cueste”, se dijo don Nicolás de Federmann. Sin imaginarse lo que le esperaba…

Álvaro de Andrajosa conoció a Nicolás en la incipiente ciudad de Santa Ana de Coro. El morisco vivía en una casa de bahareque que él mismo, junto con indios esclavizados, había levantado. Allí se hallaba amancebado con una criada india que le despiojaba en los ratos de ocio y le calentaba la hamaca cuando sentían los ardores del trópico. Para entonces, Federmann se había vuelto una de las figuras de mayor relevancia de la somnolienta colonia.
Un día, al alemán se le metió en la cabeza que, por detrás de unas verdes montañas, más allá de los ríos caudalosos, en medio de llanuras y sabanas, debería existir un Reino de Oro, donde un rey se bañaría de polvillo aurífero.
—Los que quieran venir conmigo que vengan… pronto vuestras mercedes se harán marqueses y condes de estas Indias —les prometió Nicolás desde un entablado.
Como todos estaban curiosos —ya Andrajosa se había acomodado a su nuevo destino de soldadillo pobretón— la mayoría de los hombres de Coro y sus alrededores decidieron acompañarle, no porque los alemanes les cayesen muy bien, sino porque este por lo menos les prometía algo.
Nicolás de Federmann salió de Coro con ciento diez blancos de a pie y dieciséis a caballo —quienes presumían sangre hidalga—, además de cien indios de raza caquetía. En realidad los indios llegaron a ser quinientos o seiscientos, los cuales fueron arrebatados violentamente de sus pueblos y llevados a la fuerza, con cadena. Cuando los indios no podían andar, por enfermedad o cansancio, los blancos les cortaban la cabeza para no abrir la cadena. Fíjense, pues, vuestras mercedes, con qué divertidos métodos cruzó don Nicolás cuarenta leguas de distancia entre salvajes. De allí el alemán pasó a territorios inhóspitos con dos preocupaciones: encontrar un legendario Mar del Sur y ver unos indios diminutos como duendes que resguardaban las inmensas riquezas del Reino de Oro.
Por donde Nicolás de Federmann pasaba los frailes españoles eran obligados a inculcarles a los indios la doctrina cristiana, además de bautizarlos en las quebradas que poblaban las incontables selvas que su hueste de soldados y conquistadores osaban atravesar. Se les aclaraba los misterios de la existencia humana usando las narraciones bíblicas, se les hablaba sobre la existencia de un Dios único y verdadero, la encarnación de Cristo, el Papado y el Imperio en el cual jamás se ponía el sol. Para Nicolás esa era la única manera de hacerse merecedor del cielo el día que su supuesto reinado de las Indias terminase y él calmadamente muriese con su cuerpo postrado en una buena cama.
Tal vez por haber apresado algunos salvajes para convertir a unos en cargueros y a otros en intérpretes, los indios, que tampoco eran tontos, percibieron en el alemán una voraz ambición, siempre que le mencionaba el Reino de Oro, y Álvaro de Andrajosa observó que los nativos parecían confabulados para encaminarlo hacia el sur.
Por algunos días, en medio de la inmensidad terrestre, tan lejos de Tánger y Goa, el morisco volvió a soñar con la hija del capitán. Ella se le aparecía con los típicos atuendos indios, medio desnuda y hablándole un chapurreo de palabras ininteligibles. Lo único que el morisco logró comprender fue la dirección que su delicada mano le señalaba, la cual era, en realidad el sur imaginado por Nicolás. A partir de entonces, Álvaro de Andrajosa creyó firmemente que el rumbo era certero y, cuando la comitiva se hallaba lista para desistir y culpar al tudesco de su desventura, fue el morisco el único que se mantuvo al lado de don Nicolás de Federmann, cual perro faldero.
—Sigamos mi señor, que vamos bien —le dijo Álvaro de Andrajosa.
—Hablas distinto a los demás —le comentó el alemán sonriente y sin muchos reparos por el apoyo ofrecido— ¿Y vuestra merced, de dónde es?
—Soy portugués —le contestó el morisco sin titubear.
—Ah… ¡qué bella es Lisboa! ¿Eres de allí?
—Sí, mi señor, yo nací en Lisboa.
—Pero tienes traza de moro, ¿verdad?
Álvaro no le contestó, se le había acercado solamente para apoyarlo frente a los demás hombres que, ya enfermos y hambrientos, maldecían al fanfarrón y arrogante alemán. Bastaron aquellas conversaciones nocturnas, a ratos, para que don Nicolás de Federmann se animara a entablar amistad con el hombre de los innumerables viajes.
—Conozco Tánger, São Jorge da Mina, el reino del Congo, Ormuz y la bella y magnífica Goa. He estado en las puertas de China y, sin querer, mis ojos han visto las tierras de Vera Cruz…—le fue contando Álvaro con un orgullo indisimulable.
—Un hombre como tú es lo que siempre he necesitado, experimentado en los lugares más lejanos; dispuesto a conquistar el Reino de Oro. De hoy en adelante serás mi brazo derecho.
Álvaro de Andrajosa no sabía qué decir. Empezaba a creer que las visiones esporádicas de su gran amor le ayudaban a sobrevivir en las Indias.
Pocos días después hallaron el Mar del Sur, y Nicolás de Federmann se dio cuenta de que necesitaba barcos para cruzarlo. Sin embargo, solo contaba con pocos hombres harapientos, moribundos, y sin ganas de obedecerle. No quedó otro remedio que regresar a Coro, pero en la mente del tudesco subsistía la ambición del Reino de Oro.
La comitiva llegó a Santa Ana de Coro el 17 de marzo de 1531. Para ese momento alguien mal intencionado había acusado a Nicolás de Federmann de recaudar un botín de oro y plata en las poblaciones indias de las cercanías del Mar del Sur. Lo revisaron de pies a cabeza y el gobernador —otro alemán llamado Alfinger— creyó que don Nicolás había escondido algún tesoro en los campos despoblados y aledaños a Santa Ana. Sintió ganas de torturarle para que hablara, pero tras una reflexión más fría y con un dulce olor a venganza en la nariz, decidió deportarle a Europa para que allá se entendiera con el emperador y los Welser. No obstante, a la poderosa familia banquera no le importó mucho las quejas del gobernador de Venezuela y tiempo después le propusieron contratarlo por un periodo de siete años más.
Nicolás estuvo tres años en Europa, entre Sevilla, Lisboa y Augsburgo, sirviendo fielmente a sus patrones y recaudando los pingües lucros que los banqueros obtenían con los reyes. Después de intrigas, sobornos y malentendidos, entre el emperador Carlos V, el Consejo de Indias y los Welser, Federmann logró que le permitiesen regresar a Tierra Firme.

El alemán finalmente arribó a Santa Ana de Coro en febrero de 1535. Venía con la piel blanqueada por los rigurosos inviernos de su tierra natal y gordo como un cerdo por los banquetes que se daba. Álvaro de Andrajosa casi no lo reconoció cuando apareció en medio del pueblo.
—Mi estimado amigo Álvaro, ¡qué gusto poder veros de nuevo!
—Apreciado don Nicolás, me complace mucho que hayáis vuelto para poner orden en la colonia —dijo el moro, tratando de congraciarse con Federmann, ya que Álvaro había escuchado que querían nombrarle gobernador de Venezuela.
—Muchas gracias… Sabes, Álvaro, he estado incontables veces en Lisboa, la Reina de los Mares —Álvaro se ponía nervioso si le tocaban el asunto—. Me encanta ese río de vuestras mercedes y la majestuosa calle repleta de mercaderes, sus bellas mujeres, en fin, una ciudad inolvidable. Pero cuéntame, ¿qué ha pasado por estos lados mientras yo estaba en la civilización?
—Nada de especial, don Nicolás, solo que los indios mataron a don Ambrosio Alfinger —le contestó Álvaro, encogiéndose de hombros.
—¿Pero tienes conocimiento si el lenguaraz de Alfinger logró cruzar el Mar del Sur para hallar el Reino de Oro? —le preguntó Federmann sin disimular el dulce gustillo que le causaba la noticia.
El moro tuvo ganas de esquivar la pregunta. En realidad el gobernador de la provincia de Venezuela había organizado una expedición a los territorios que bordeaban el Mar del Sur, pero se había comprobado que tal mar no era sino la llanura anegada durante la estación de las lluvias. Alfinger, casualmente, se aventuró a cruzarla en época de sequía para darse cuenta, tras numerosas leguas de recorrido, de que se trataba de una planicie calurosa, poblada por indios belicosos e infestada de serpientes de todos los tamaños. Allí no existía el tal reino del oro y, pese al fracaso de su expedición, Alfinger regresó a Santa Ana de Coro con una sonrisita burlona, creyendo que las ideas del famoso reino no eran más que una alucinación de la enloquecida mente de Federmann.
—Mi venerable señor, ese Mar del Sur desapareció —sentenció Álvaro de Andrajosa.
—¿De qué me hablas moro boquirroto? ¿Acaso no viste lo mismo que yo? Aquel horizonte infinito repleto de agua…
—Sí, pero después yo fui allí con don Ambrosio, y lo que vi fue pasto y lagunas llenas de caimanes.
El tudesco se sintió afligido los primeros días, le costaba acostumbrarse otra vez a esa idea de que se hallaba nuevamente en un territorio donde dominaba la ley del más fuerte y del más sagaz. Federmann tenía que ser fuerte, si en realidad aspiraba al título de gobernador de la colonia. Una vez a cargo de la responsabilidad de liderar los destinos de Venezuela, estaría libre para empezar de nuevo la búsqueda del Reino de Oro. Las cosas habían cambiado de forma favorable desde la muerte de Ambrosio Alfinger, porque ahora quien dictaba las órdenes en Tierra Firme era don Jorge de Espira, quien de inmediato se hizo “amigo” de Nicolás de Federmann. No se sabe si sinceramente o si deseaba que Federmann le revelara los misterios del reino dorado. De todas maneras, Nicolás intuyó los posibles intereses del nuevo mandamás y, para no entrar en conflicto con la autoridad, accedió a todo, siempre precavido de no revelarle más de lo necesario.
—Portugués, quiero que vengas con nosotros —le dijo Nicolás de Federmann a Álvaro de Andrajosa.
—¿Adónde?
—¿Adónde más? ¡A conquistar el Reino de Oro!
—¿Y don Jorge de Espira viene con nosotros?
—Él se va antes…
Álvaro de Andrajosa quedó petrificado con la noticia, aún más con la naturalidad manifestada por el tudesco.
—¡Espira es un bandido! —exclamó el moro.
—No digas eso —le ordenó el alemán, haciéndole una señal para que se callara —Espira es un imbécil, cree que el Reino de Oro se halla hacia los lados de la gran cordillera.
—¿Y no es así?
—No, no es así. Volveremos al Mar del Sur y lo cruzaremos…
Álvaro no quiso contradecir al tudesco y aceptó de buena gana sus fantasiosos pronósticos.
Espira salió primero, a don Nicolás eso no le importó y aguardó que Espira estuviese bien lejos de Santa Ana de Coro para empezar el viaje. Tras haber deambulado por el territorio de la provincia, a finales de 1537, Nicolás de Federmann decidió enrumbarse en dirección a las grandes montañas hasta toparse con su Mar del Sur. Por fin, la sequía del verano lo convenció de que el Mar del Sur era simplemente el llano inundado por los ríos desbordados y las lluvias torrenciales. Al contrario de lo que vuestras mercedes podrán suponer, Álvaro no se incorporó a la expedición de Federmann, por haber contraído unas fiebres que lo llevaron a los umbrales de la muerte. Tan fuerte fue la dolencia que más de una vez creyeron necesario llamar al cura para que le administrase los santos oleos. Sin embargo, desde su hamaca colgada entre dos palmeras y con voz entrecortada, Andrajosa le prometió a Federmann que tan pronto mejorase, iría a su encuentro.
No obstante, las cosas no sucedieron de ese modo. Cuando Álvaro de Andrajosa se mejoró y quiso marchar, las autoridades de Santa Ana de Coro le detuvieron y le obligaron a ceñirse los petos, ponerse el morrión y empuñar la espada para ir a dar muerte a los amenazantes indios. Andrajosa no tuvo otra opción que hacerlo y olvidarse de las andanzas del alemán.
El tiempo fue pasando entre la cálida modorra y los esporádicos ataques de los indígenas; hasta que una mañana de cielo limpio y frescas brisas, finalmente el tudesco volvió a Santa Ana de Coro. Traía la mirada excitada y parecía diez años más viejo. Cuando vio a Álvaro de Andrajosa en la entrada del pueblo se hizo el indiferente, sin embargo, esa misma noche, Nicolás fue en búsqueda de Andrajosa. Álvaro dormía en la acostumbrada hamaca, en el patio del rancho.
—Despierta moro portugués —le dijo en voz bajita.
—¿Qué desea vuestra señoría?
—¡Shhh!, habla bajo. Tengo algo importante que tratar contigo.
Álvaro de Andrajosa se incorporó en la hamaca y, cuando se dio cuenta de que la conversación era para rato, se levantó de un brinco.
—No fui a hablar con vuestra merced porque pensé que estaría molesto conmigo —le dijo el moro.
—¿Lo dices por no haber platicado contigo? Lo hice a adrede —respondió don Nicolás.
Andrajosa observó a don Nicolás con desconfianza. ¿Qué novedad traería?
—Os juro que no os entiendo —dijo Álvaro.
—Tengo un secreto y te voy a hacer partícipe de él —empezó el tudesco.
—¿Podéis ser más claro? —le preguntó Álvaro de Andrajosa a Nicolás de Federmann.
—Mientras andaba yo por esos senderos, me perdí del camino, crucé el Mar del Sur, que sorprendentemente estaba seco, y me hice amigo de unos indios que me llevaron en canoa por un río, durante días y días. Cuando me di cuenta estaba en medio de una selva.
—¿Y no os pasó nada? —preguntó Álvaro intrigado.
—¡No me interrumpas! —profirió, don Nicolás—. Pues bien, en esa tierra extraña, salen del suelo unas montañas que se levantan como mesas de roca —continuó—, y de una de ellas cae una cascada altísima. Bueno, allí está el Reino de Oro. Mis ojos lo han visto —concluyó don Nicolás de Federmann.
—¿Vuestra señoría de verdad estuvo en el Reino de Oro? —preguntó el moro asombrado.
—Por supuesto que estuve allí —respondió Federmann—. Es más, medio mundo está buscándolo, supe que un tal Sebastián de Benalcázar y un abogado andaluz llamado Gonzalo Jiménez de Quesada también lo buscan. Los españolitos me quieren quitar los méritos que yo, con mucho esfuerzo, obtuve en estas Indias, pero se equivocan: el Reino de Oro será mío … y de nuestro magnánimo rey —concluyó la sentencia, tratando de disimular su ambición ante la mirada de recelo que observó en los ojos de Álvaro que, en efecto, pensó que aquellas palabras del alemán eran demasiado osadas.
—¿Qué pretende hacer vuestra merced? —preguntó Álvaro de Andrajosa.
—Tengo un plan, pero necesito tu ayuda —respondió don Nicolás.
El moro no terminaba de asombrarse con las revelaciones del tudesco.
—¿En qué os puedo servir? —preguntó, sintiendo una desconfianza que, a duras penas, lograba disimular.
Nicolás de Federmann sacó del jubón un papel meticulosamente doblado y atado por una cinta roja.
—¿Sabes lo que tengo aquí? Traigo el mapa del Reino de Oro. Lo dibujé yo mismo mientras los indios me acompañaban hasta las faldas de la Gran Cordillera. Los soldados me dieron por muerto.
—¿Y qué cometido tengo yo en esa historia?
—No puedo andar con el mapa encima. Es la ruta hacia el reino que todos buscan. Los españoles sospechan que yo sé algo. Ellos no se comieron el cuento de que solo estuve por los llanos y selvas. Por eso, serían capaces de inventar algo para meterme otra vez en camisa de once varas.
—Ya veo.
—Quiero que vayas a Sevilla cuanto antes y te lleves el mapa. Allá debes esperar mi llegada. Tienes que proteger muy bien el documento. Cuando te encuentre, iremos los dos a hablar personalmente con el emperador Carlos V en Toledo que seguramente nos hará comandantes de la conquista.
—Pero señor ¿y el rey de ese tal Reino de Oro, os dejó visitarlo así no más?
—Los indios que me llevaron me escondieron en su casa. Deseaban que yo conociese el camino hacia sus territorios porque, según ellos, están hartos de ese príncipe indio que ultraja a las doncellas, oprime el pueblo con pesados impuestos y reina con la más vil crueldad. En la selva existen templos colmados de preciosidades, el propio rey se viste de oro y se pone ricos collares de esmeraldas y rubíes.
A la semana siguiente Álvaro de Andrajosa zarpó rumbo a España. Llevaba una pequeña caja donde guardaba unas cuantas monedas y el misterioso mapa del Reino de Oro. El plan estaba muy bien preparado, hasta el punto de que Nicolás de Federmann siguió fingiendo que la relación de amistad, que otrora había mantenido con el moro, se había enfriado. Y vuestras mercedes convendrán en que jamás nadie sospecharía que el secreto de la deseada tierra dorada descansaría en la insignificante cajita de Álvaro de Andrajosa.
Sin embargo, nuestro morisco portugués ignoraba que, a muchas leguas de aquel villorrio de la provincia de Venezuela, en Lisboa –la Reina de los Mares–, un poderoso hidalgo controlaba una eficiente red de soplones que espiaban cada paso que Nicolás de Federmann daba. Esa vigilancia se originó porque Espira, el otro gobernador, se había intrigado con el frecuente cuchicheo entre el moro y el alemán. Antes de llegar a Venezuela, Espira había permanecido algunos meses en Lisboa, ocupado con los jugosos negocios de los Welser, y allí hizo amistad con el hidalgo conocido por sus leales colaboradores como El Caballero de la Capa Negra. Por eso, antes de que don Jorge se embarcase hacia Tierra Firme, ambos hombres hicieron un pacto y Espira le prometió hacer hasta lo imposible por encontrar el famoso Reino de Oro.
Ahora, sus planes habían fallado y solamente la determinación de Nicolás de Federmann lo convenció de que él sabría más del asunto. Además, la súbita desaparición de Álvaro de Andrajosa le alarmó. Pero los planes del moro cambiaron súbitamente. A mitad de la travesía hacia Sevilla, la idílica doncella lusitana de Tánger se le apareció de nuevo en un sueño. Iba vestida de negro y llevaba la muerte en la mano. Cuando Álvaro de Andrajosa la contempló, así de fatal y con un semblante tan cadavérico, se asustó, aunque la voz de la doncella le parecía dulce como los dátiles de su tierra. El mensaje que ella le traía lo dejó sin palabras. La muerte se le acercaba, y era necesario que él se deshiciera del mapa cuanto antes. Al día siguiente el moro estaba tan débil que no fue capaz de levantarse de la hamaca. Sentía mareos, náuseas, y vomitaba a menudo. Días después empezó a sufrir pérdidas de sangre, lo cual lo mantenía en un estado deplorable, y creyó de inmediato que la muerte le atraparía, tal como le había advertido la doncella.
Una semana después la nao atracó en la Isla de Madeira y el pisar tierra de nuevo le devolvió a Andrajosa las energías que tanto necesitaba. Entonces, más repuesto, intentó indagar algo sobre su viejo amigo Roque Fernandes.
—Ha salido de Lisboa y se halla camino a África, donde fue a capturar negros bajo el mando de Fernão Pinto —le dijo un capitán portugués, manco de un brazo y con el ojo izquierdo vaciado.
—¿Cree vuestra merced que ya habrá pasado por Tánger? —le preguntó.
—A estas alturas sí, pero conociendo como conozco a Fernão Pinto, volverá a pasar por allí al regreso —le respondió el capitán.
Aprovechando el aventón de una nao que regresaba de la India, Álvaro de Andrajosa se fue a Tánger.
Cuando llegó a su terruño sintió que su más grande aventura terminaba allí. Estaba flaco como un palo de escoba y con la cara surcada de arrugas. Buscó a sus parientes y se acostó en un buen jergón. La muerte llegaría rápido y el mapa del Reino de Oro debería, cuanto antes, llegar a manos de Roque Fernandes…